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Suicidio


No era cuestión ponerse a pensarlo ahora. Había que hacerlo y ya. Sin perder tiempo. Ella podía llegar en cualquier momento y entonces no hallaría el valor.

Se miró nuevamente al espejo. Llevó el arma a la sien derecha.

Alguien tocaba a la puerta. Trató de apretar el gatillo. Seguían tocando. El dedo como paralizado. La echarían abajo. No podía. Bajó la pistola.

 

El estruendo de la detonación lo hizo saltar. Sus ojos recorrieron angustiados la trayectoria del brazo colgante. Allá abajo, demasiado lejos, en un mundo derrotado por la inercia, estaba la mano cerrada sobre el arma.

Atónito, se buscó en el espejo. Frente a él, su figura delgada caía en ese momento al suelo, desorbitados los ojos, destrozada la cabeza. Un crío río puntiagudo laceró la carne asombrada hasta penetrar los huesos.

A sus espaldas oyó cómo cedía la puerta. Reconoció los gritos. Se volteó para confirmar que salían de ella. Detrás de la estampa descolorida de la mujer lo miraban perplejos dos guardias.

 

Quiso explicarles. Estaba a salvo. Había sido sólo una debilidad momentánea. No volvería a asustarla así. Lo del espejo era un fenómeno óptico, una alucinación colectiva. Cosas así pasaban a veces. Tóquenme, dijo. Estoy bien. Pero tuvo la impresión de que las palabras habían permanecido presas en sus ganas de decirlas.

Continuó queriendo gritarles que él tampoco comprendía, que en realidad no importaba. Lo esencial es que estoy vivo. Lo otro es sólo un sombrío anuncio de lo que pudo haber sucedido si no llegas a tiempo. Te quiero, Andrea. Tienes que perdonarme. Empecemos otra vez, aún podemos. Dame otra oportunidad. Ven, deja que te abrace. Pero los gritos de la mujer golpeaban ahora la boca abierta de él a medida que la desesperación llenaba el cuarto. Ella se había quedado un poco atrás, las manos crispadas sobre el rostro. Los guardias se inclinaban sobre el cuerpo.

La vio romper de pronto su estatismo, correr como una loca hasta meterse en aquel fondo natural que había sido el amplio espejo. Allí abrazó la cabeza que soltaba sangre a borbotones sobre el suelo. Los guardias se levantaron respetuosos.

 

Supo entonces que a su alrededor no estaban ya los muebles conocidos, que las paredes donde habían colgado una noche los mejores cuadros de ambos sólo existían en su lugar habitual al fondo, donde creyó que estaba el espejo. Miró la mano donde aún guardaba la sensación metálica del arma. En seguida supo que habría que buscarla lógicamente atrás; a pocos metros del cadáver.

Todavía trató de entender racionalmente el proceso que podía darle sentido a los hechos. Los hombros convulsos de Andrea le comunicaron que sería inútil. Entre la incertidumbre y los sollozos se instalaba cada vez más una infranqueable sensación de finalidad. Él podría resignarse. Lo sentía por ella. ¡Por ella!


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668996
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América