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Sulem


Esa mañana se dirigía, como cada día, a su trabajo. Iba sumergido en sus pensamientos, cuando llamó su atención un grupo de personas que se mofaban de una loca que gritaba improperios, mientras se quitaba la ropa y realizaba ciertos movimientos eróticos.

Se acercó, como atraído por un imán.

Su mayor sorpresa fue cuando aquella se volteó, se abrió paso entre los que la observaban, y llegó hasta él y señalándolo con el dedo índice, con un grito ensordecedor le dijo: ¡Yo a ti no te conozco! ¿Tú no te acuerdas de mí?

 

Su corazón se aceleró al máximo que pensó que moría del susto y su cuerpo se paralizó totalmente por unos minutos. Cuando recobró el movimiento, dio la vuelta y se alejó del resto de la gente que disfrutaba del deplorable espectáculo. Durante todo ese día no logró borrar de su mente el rostro de aquella mujer. Recordaba cómo, en el instante del incidente, tuvo la sensación de conocerla, pero no recordaba de dónde. ¿De dónde la conozco?, ¿de dónde la conozco?, eran las palabras que comenzaron a golpear su memoria.

Días después, le tocó presenciar la misma situación, pero esta vez trató de mantener algo de distancia, por precaución, sin imaginar siquiera que ese día su incertidumbre tendría fin.

Fue entonces cuando escuchó una voz femenina que gritaba: ¡Otra vez!, por favor, ¡Otra vez no, Sulem!

 

Los ojos de Darío buscaron el origen de aquella voz, entonces vio a una mujer que llevaba una sábana en las manos, no dudó en acercársele, pues pensó que ella podía ponerle fin a sus dudas. Se armó de valor y le preguntó:

¿Es usted familiar de la joven?...Escuché que la llamó Sulem.

¡Profesor! ¿No se acuerda de mí?... Soy la tía de Sulem… Sulem Aparicio… ¿La recuerda?

 

Darío asintió. Su rostro reflejó una mezcla de sorpresa, preocupación, tristeza, duda… y en voz muy baja repitió: Sulem Aparicio… mil novecientos… Por su mente pasaron en ese instante, aquellos momentos cuando conoció a Sulem. Le parecía una chiquilla que no lograba los objetivos por frescura. Su mala caligrafía le desesperaba, su postura perezosa y su cara poco expresiva hasta cierto punto le incomodaba.

Por aquellos días, el profesor Darío todavía no había desarrollado su olfato para problemas de adolescentes, era un novato, y cuando conoció la verdad, ya no podía hacer nada por aquella muchacha.

Fue una tarde, víspera de la graduación, de la cual Sulem no participaría, pues había reprobado el año, cuando le contó cómo a su madre la habían sorprendido con drogas y estaba en prisión. Que formaba parte de un hogar muy humilde, que tenía las responsabilidades de un adulto. Que atendía a cinco hermanos menores que ella, realizaba todos los oficios de la casa, y además trabajaba medio tiempo y si le alcanzaba el día, hacia las tareas.

 

Después de esa conversación no la volvió a ver. Pero cuando la recordaba, esperaba que la situación hubiera mejorado para aquella chica y que aquel momento solo se hubiera convertido en una experiencia más. Nada más lejano, pues para Sulem las cosas nunca mejoraron, su madre salió de prisión, pero continuó en las mismas andanzas, su padre se convirtió en un alcohólico sin remedio, salió embarazada a los dieciséis y el padre de la criatura la abandonó. Convivió con un hombre que la maltrataba a ella y a su hijo, hasta que su malnutrida mente no soportó tanto sacrificio y un día la razón le dijo adiós.


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562564
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América