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¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? (II)


El purismo -hemos dicho antes - es una postura anacrónica.

Todo purista a ultranza tendría que ser -forzosamente- un etimologista feroz, una especie de muro infranqueable, filtro lingüístico,  capaz de detectar toda palabra que no pueda ser catalogada como castiza.

Sufre el purista,  porque emplea, como toda persona, (sin saberlo), cientos de palabras cuya catadura parece ser  española, pero en realidad su origen es extranjero .

 

No se podría vivir en paz, y menos hablar con seguridad si adoptásemos la política de cero extranjerismo.

Un escrutinio minucioso antes de hablar haría imposible la comunicación.

Aun el purista emplea miles de voces de origen para él desconocido, pero cuya escritura y pronunciación las hacen pasar por españolas, sin serlo.
Para muestra, varios botones: banda (fr.), boleta (it.), rifle (ing.), soda (it.), café (it.), corbata (it.).

 

Ser o no ser
Existe, sin embargo, la otra postura, la de la “permisividad”, que yo rechazo, porque el permisivo (aun cuando sea lingüista) carece, en mi opinión, de “amor por lo propio”, y este “carecer de” lo lleva  siempre a “justificar”, a confundir “utilidad” y “necesidad” con “esnobismo” y “qué importa,  si así se entiende” y, peor, a esgrimir un argumento, por demás falaz: “Si tienes tantos reparos frente al 'inglés', es porque eres purista”.

Con esta premisa, así expresada, cualquier persona en la que asome el amor por la lengua española podría preferir “mejor” llenar su expresión de cuanto extranjerismo se le presente, porque, el condicionamiento funciona, y porque, en términos generales, todos tememos a la “descalificación”.

Ocurre no sólo con el idioma, sino con todo. Entre “ser conservador” en las costumbres y en el modo de pensar, y “ser liberal” o “de mentalidad abierta” hay no sólo un abismo, sino que, además, opera el condicionamiento de los segundos: “Los conservadores son chapados a la antigua y les temen a los cambios”, “los conservadores son aburridos”, “son unos reprimidos”, etc. Resultado: “Mejor soy como ellos para no ser tildado de...”.

 

El justo medio
Nadie tiene en este tema la verdad absoluta.

Todos los estudiosos del idioma (incluso hasta los más conservadores en materia lingüística) coinciden en que “no se puede evitar” el empleo de extranjerismos, porque no hay lengua pura. ¡Así es! Pero no nos empalaguemos, no seamos una especie de “indolentes lingüísticos”, igual que los hay en otras esferas, los llamados “indolentes sociales”.

Defendamos el español no con la pasión irracional del que no habla nada que no sea español. No, señor. Defendamos el español porque es nuestro, porque es un medio y también un fin, porque es lo que hablamos en el campo, en la ciudad, en los suburbios, en los buses, porque (con sus variantes) lo leemos en diarios amarillistas, en tabloides y en periódicos estándares en Panamá, porque en ella rezamos, en ella cantamos, con ella agradecemos, insultamos, mentimos, alabamos, enamoramos, amenazamos, disculpamos y aconsejamos. Con ella pensamos.

 

En fin, conservemos lo que es nuestro y que, perfectamente, puede armonizar con un mundo en constante cambio, en el que las lenguas también se encuentran, se confunden, se piden prestado, pero tienen la necesidad de seguir siendo ellas.

No seamos puristas a ultranza. Vivimos en la sociedad del “dólar”, del suéter, que nos acomoda bien, y del aire acondicionado, que nos encanta. Dichos así, a nadie incomodan tales expresiones, aun cuando a leguas el aire foráneo se les note.

El camino no es combatir sino defender
Pero para defender hay que “querer” y “amar”.
Defiendo lo que quiero y lo que me ha costado.
La realidad es que hay más anglicismos de lo que sospechamos.
Todo mundo va a un “happy hour” pronunciado /japi áuer/, el cuara circula entre nosotros, muchas embarazadas celebran un “baby shower” /beibi cháuer/..., etc.

¿Estamos sitiados? Nuestra herramienta sigue siendo el español.


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345605
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América