Imposible describir en pocas o muchas palabras el momento. Imposible plasmar en papel toda la esencia de lo que ocurrió anoche en el estadio nacional Rod Carew.
Y es que una leyenda se movió sobre el lúcido césped del coloso de Mocambo, a paso lento. Cada pisada suya dejaba sobre el engramado una huella de historia, de grandeza.
Aplausos, flashes y ovación cerrada para recibir al titán, al inmenso Mariano Rivera, el taponero más grande de todos los tiempos, y orgullosamente nacido en Panamá.
Ingresaba por el center field, como acostumbraba a hacerlo en las Grandes Ligas, acompañado de esa música que llenaba de miedo a los rivales: “Enter Sandman”. Cada vez que sonaba este disco era hora de empezar a apagar las luces y prepararse para irse. Con Mariano en el montículo, la victoria era casi segura.
Caminaba “M0” con el “42” a sus espaldas, número símbolo del béisbol a nivel mundial. Lo usó Mariano y no lo hizo grande, sino gigantesco.
Sonreía al andar. Llevaba una pelota en la mano, con la cual hacía malabares. Realizó un amague de correr hasta la “lomita”, pero no, el instante mágico no podía ser tan corto. Entonces se lo tomó con calma. Y cuando por fin llegó al montículo, saludó a la afición enloquecida, que veía de cerca a su ídolo. Micrófono en mano y palabras para dar un gran cierre, como solo él sabe hacerlo. “Esto ha sido un sueño realizado. Quería que fuera cuando yo aún jugaba, pero Dios lo quiso así... Ustedes se lo merecen”, pausa ante los incontenibles aplausos. Luego prosiguió: “Esto es para ustedes, que siempre me han apoyado, no podía hacer menos. ¡Los amo!, disfruten”, concluyó la leyenda.
Después, último acto. Lanzamiento de honor con su sucesor, David Robertson, como receptor. Rivera, tras su envío, abrazó a Robertson, le dijo algunas palabras y le pasó el testigo.
Así se despidió la leyenda. Apaga y vámonos.