Una vez más los libros del boxeo se quemaron. Y es que nadie, con excepción de los filipinos y Freddie Roach -uno de los grandes motores para que esta pelea se concretara luego de que Oscar de La Hoya lo despreciara públicamente tras la derrota ante Floyd Mayweather Jr.- creía en el triunfo de Manny Pacquiao. Y, lógicamente, entre la legión de incrédulos hay que incluir a quien esto escribe. Aunque todavía cuesta discernir si la sorpresa es mayoritariamente por la paliza que brindó el "Pac Man" o la lamentable prestación del "Golden Boy".
Desde esta posición se repitió hasta el hartazgo que no había competitividad posible en esta confrontación. Fueron meses de proclamarlo. Y la realidad es que a la hora de llegar el campanazo la premonición se confirmó, aunque jamás se podría haber imaginado que se cumpliría, pero con una inversión de protagonismos: Pacquiao verdaderamente jugó con De la Hoya.
Con los hechos consumados y vista la imagen que dio el californiano sobre el ring, parece una locura haberse subido a combatir con Pacquiao.
El De la Hoya de la noche del sábado no parecía estar en condiciones de ganarle a nadie: fue completamente irresoluto, jamás soltó amarras, no logró conectar ninguna buena combinación, no hubo rastro de su afamado gancho "45" ("Nacho" Beristáin se cansó de pedírselo en cada descanso desde la esquina) y mucho menos su determinante "jab".
Lo imposible terminó haciéndose realidad: De la Hoya lució peor que en su contienda de mayo ante Steve Forbes, cuando se le notó abiertamente el paso del tiempo con 35 años, 16 de los cuales lleva trajinados sobre el cuadrilátero como peleador profesional.