“Cuando no sepas qué hacer, camina rápido y muéstrate preocupado¨ Scott Adams
Apenas escuchó el ¡pum, pum, pum... pum-pum! del bombo, supo que iban por él y por su amante Coco. Ella no se inmutó cuando él dijo: «Debemos huir», sólo contestó: «Huyamos, pues, pero no dejemos los palitroques por si nos da hambre». Los asombró que la Olaya pudiese dirigir una banda, y menos una banda de policías que tocan de oído. Una niña vendada en la pierna izquierda, caminaba acelerada para mantener el paso de la banda, lleva en una bandeja, tal como lo impuso Lorca, los senos cercenados de la bella Santa.
Corrieron por el centro de la Vía Bolívar, pero no a toda velocidad para no avergonzarse. Doblaron por la Avenida de la Paz, que perdió parte de su paz con el escándalo de la banda que los perseguía. Tomaron la carretera que conduce al Puente Centenario. Se detuvieron unos momentos para tumbar marañones que lucían gordos y colorados en un árbol-cerca. Le enseñó a Cocó como debía comerlos, dándole vueltas para sacarle bien el jugo. Ella aprendió al paso.
La banda despertaba la admiración de la gente que iba en carro. Se detenían momentáneamente para verlos tocar trotando tras la pareja. Como es de suponer, ellos aceleraron el paso. Un auto disminuyó su marcha cuando pasó a su lado, el chofer les dijo como en secreto: «El mago Chang y Gumersinda Páez tocan las marimbas». Dieron las gracias pero el hombre no oyó porque aceleró con gran estruendo.
Llegaron al Estadio. Habían modificado la entrada. Subieron por una rampa que ascendía en espiral. Jadeando, ahora sí, llegaron a la cúspide. Una puerta les cerraba el paso. La abrieron y pudieron contemplar el estadio lleno a toda capacidad. Tito le dijo a Cocó: «Quítate la ropa», y la animó dándo el ejemplo. Ella no dudó. Desnudos, se asomaron al borde. Impresionante la altura, y apabullante el silencio de la multitud. La banda los alcanzaba. Al frente, Olaya sonreía como no le gustaría a san Pancracio. «Lancémonos al vacío» le dijo a Cocó. Y se lanzaron. Al principio cayeron, luego la densa atmósfera les permitió flotar. ¡Volaban! Y, por supuesto, hicieron el amor, hubiera sido una tontería perder esa oportunidad de hacerlo en la dulce ingravidez. El alarido victorioso de la multitud apagó la marcha de la banda. Habían vencido.