Lo de México ya pasó. Lamentarnos por los tiros en los postes o los balones que tapó Sánchez es alargar la pena de un partido que me dejó con ganas de patear lo que se atravesara en mi camino y de acostarme a dormir temprano.
Ahora debemos centrarnos en Estados Unidos (rival de cuartos de final) y en las situaciones colaterales al choque. En primera instancia y esto preocupa, la selección hasta ayer en la tarde no había encontrado vuelo para Boston, ciudad sede del partido de cuartos de final de mañana entre gringos y panameños.
El equipo llegará sin tiempo suficiente para preparar el encuentro en lo táctico en esa ciudad y adaptarse al entorno de Foxboro, lo que merma, sin duda, nuestras posibilidades de acceder a las semifinales.
A todo esto hay que sumar las bajas por sanción de Román Torres, Gabriel Gómez y Rolando Escobar, hombres claves en el engranaje del equipo nacional.
Ante este panorama de tempestades, deben responder los muchachos de la banca; esos como Alberto Blanco -de gris desempeño en la copa-, Amílcar Henríquez, Luis Tejada o Ricardo Phillips. Y por qué no, Víctor Herrera Piggot, ese jugador que más que futbolista, parece un auto de Fórmula Uno. No ha aprendido a diferenciar la velocidad con el atropello.
La mesa está servida para el juego de mañana; un partido en el que el técnico Alexandre Guimaraes tendrá que tocar la tecla correcta ante los estadounidenses, si no quiere regresar a casa antes del 24 de junio, fecha del partido final.
Panamá en esta copa tuvo para elegir otro camino, pero escogió el más difícil: enfrentar al anfitrión, Estados Unidos.