E n medio de una pista de caballos se levantó una Aldea Global para albergar a expositores, activistas y algunos conferencistas provenientes de todos los continentes.
Si nunca lo habían hecho, ellos tuvieron que usar baños portátiles, comer mucha comida rápida y acostumbrarse a que era el único lugar del mundo donde podías tener acceso al mayor número de condones. Solo te dabas la vuelta y te los ofrecían.
Aquello parecía una auténtica torre de Babel por la mezcla de lenguas y dialectos. También, una perfumería natural, porque sentías desde los más agradables aromas hasta los más terribles golpes de ala que parecía que no se iban a despegar nunca de tu nariz. Hasta sentías que ese era tu nuevo humor corporal.
Más de 23,000 personas llegaron a México para debatir sobre el tema del SIDA, en la XVII conferencia internacional.
El mejor lugar para albergar a tanta gente durante 6 días de conferencias fue el gigantesco Centro Banamex; y el sitio más indicado como lugar de exhibición, el centro de la extensa pista de carreras del Hipódromo de las Américas.
Si te imaginas un aeropuerto, con grandes pasillos alfombrados, pequeños restaurantes, muchos baños, escaleras eléctricas y elevadores, varios pisos, centros de información, muchas alas y repleto de gente…entonces te sitúas en el Centro Banamex.
Esta estructura y la Aldea Global se conectaban por un techado temporal y tablones grises levantados sobre bases metálicas. Todo fue bien pensado para hacerle frente a la lluvia.
El día se convertía en un incesante ir y venir de gente que siempre parecía tener mucha prisa.
Pensar en lo que cuesta organizar una conferencia así se hace evidente en los más de 2,000 voluntarios que se esmeraban en responder tus necesidades de información, en los otros miles de la Cruz Roja, del cuerpo de seguridad, personal de aseo, del servicio de buses, traductores, guías, personal de los restaurantes.
Asistí a la conferencia por el auspicio de la Fundación Ford, que proveyó de becas al Centro de Información para la Mujer (CIMAC).
El primer día que llegamos a buscar nuestro gafete, entramos por una puerta y salimos por la otra. Nos habíamos equivocado. Y qué más quedaba? ¡Pues reír!
Más tardamos en caminar un poco, que en hacerse presente la eficiencia. Con solo mostrar el número de registro para la conferencia, nos entregaban el gafete que tiene un código de barras.
Aunque la sala de exhibiciones de la Aldea Global era abierto a todo público, por seguridad al Centro Banamex sólo entraban los que tenían el documento. Un escáner portátil rastreaba el código de acceso.
Generosa en agua se volvió la conferencia, pues podías tomar todas las botellas que quisieras.
Estrés.
El centro de prensa era un hervidero de gente luchando con las pocas máquinas disponibles y una línea de Internet que se caía a cada momento. Las caras de angustia te daban más angustia. Esto también parecía un mosaico cultural y étnico.
Rostros agotados de correr contra el tiempo y de ir y venir por las más de 10 inmensas salas de conferencias y otro igual número donde se realizaban talleres, se desencajaban frente al computador.
A una de mis colegas de Costa Rica se le ocurrió poner la música del pianista de su iglesia a un bajo volumen, mientras escribía, pero unos periodistas estresados le dijeron que esa bulla los perturbaba. Por la santa paz, ¡el pianista fue silenciado!
Entre la cobertura de las conferencias que te hacían ir de un lugar a otro y entrar al centro de prensa a escribir o enviar información, las horas se volvían minutos y el almuerzo quedaba postergado indefinidamente por más que gruñeran las tripas.
Ya nadie le prestaba atención a los papeles que te ponían sobre la mesa los asistentes del centro de prensa, invitándote a la próxima conferencia que no estaba en el programa. Era demasiada información para la capacidad del cuerpo de dividirse en tantas partes.
Servicio.
Una flota de buses amarillos en su mayoría, estaban disponibles para llevar a la gente hasta el centro de la Ciudad de México, a unos 45 minutos del Centro Banamex. Tan eficaces como el de ellos era el servicio de la línea de buses que transportaba a la gente con capacidades especiales.
El cierre.
El encuentro mundial cerró con muchos elogios y aplausos para el país anfitrión y, con mucha justicia, para el gran equipo humano que trabajó ardua y eficientemente.
Casi a las 2:00 p.m. fue el acto de clausura, pero al mediodía ya había un evidente trabajo de desmantelamiento de algunas estructuras móviles como stand, cables, bocinas, divisiones desmontables, pantallas, cortinas.
Abajo, en un amplio estacionamiento, esperaban grandes furgones para llevarse todo lo que trajeron.
Antes de las 5:00 p.m. internet dejó de funcionar en el Centro de Prensa. Algunos colegas decían que era la señal para que abandonáramos el área… pero la gente seguía trabajando.
Cuando ya nos tuvimos que retirar y llegamos a la planta baja, de verdad nos dimos cuenta de que era hora de irse. Habían quitado la plataforma y solo estaba la pista de caballos. Era viernes y la razón era suficiente: dentro de poco se iniciarían las carreras.
¡Waoo! y ahora qué hacemos, nos preguntamos. No faltó quien dijera que ni modo…montar un caballo que nos llevara hasta donde nos esperaba el autobús.
Pero nada de eso fue necesario porque como les conté, todo está bien pensado… Hay un paso subterráneo que se recorre en unos segundos y te conecta al otro lado.
No hay de otra…excelente infraestructura pro salud. ¡Sí!, por ser tan grande, hay que caminar muchísimo y quedas con la sensación de que las piernas se te van a separar del cuerpo.
El gran mensaje.
Las 32 periodistas centroamericanas que cubrimos la conferencia para medios de la región nos fuimos llenas de condones, folletos, abundante información. Sin embargo, lo más significativo es tener conciencia de lo mucho que hay que hacer para divulgar la realidad del VIH/SIDA y sobre todo, de las personas viviendo con VIH/SIDA.