
Esta semana se recordó la tragedia del bus quemado en la vía Martín Sosa. Un horror de fuego y desesperación que arrebató la vida de dieciocho personas y marcó las de muchas más. Cerramos la calle. Montamos un tremendo pitote con el tráfico. Pintamos corazoncitos azules, declamamos discursos conmovedores y escuchamos a los políticos prometer que ‘nunca más’… Los muertos y los afectados son enarbolados, sin pudor, por unos y otros como estandarte de lo bien o lo mal que cada uno hace las cosas. Y luego, vánse todos, y no hubo nada.
Aquí, en las calles, quedan los mismos de siempre. Los señores políticos siguen en sus carrazos casi blindados, con los vidrios tan tintados que no se ve de afuera hacia adentro, y seguro que tampoco se ve nada de adentro hacia afuera. Con motorizados que les evitan los atascos y los tranques, para que no sufran. Porque su tiempo es mucho, muchísimo más importante que el de todos nosotros, donde va a ir a parar.
Se solidarizan con los que tienen que esperar un bus porque queda muy bonito, aunque estoy segura de que nunca han subido a uno. Pero subir de verdad, sin guardaespaldas que les eviten el contacto con la gente real, y en hora punta. No para sacarse la foto y que los reconozcan, sino para probar de primera mano a qué huele un autobús repleto de sudores mezclados.
En sus naves último modelo seguro que no se han enterado de que los diablos rojos que han vuelto a recorrer nuestras calles siguen siendo y haciendo lo mismo de siempre. Regatas, pavos colgando temerariamente por la puerta delantera. (Las ansias de que el tipo se caiga y poder pasarle impunemente por encima son solo mías, lo reconozco. Pero no se estresen, por ahora controlo mis instintos asesinos). Cruces de carril a carril por que sí, porque soy el más grande y el más malo, y te jodes. Insultos por parte del tiparraco colgante cuando no te da la gana de ceder, porque no tienes por qué hacerlo y porque no.
Pero eso no es lo peor de todo. Al fin y al cabo de los diablos rojos lo esperamos todo, cuando vislumbramos alguno por el retrovisor ya sabemos a qué atenernos. Huir o arriesgarnos a sucumbir. Porque claro, la gente normal no solemos tener sus carros, estimados políticos. Lo dicho, con los viejos diablos todos sabemos qué hacer. Pero, y les informo por si no se habían dado cuenta, de que los nuevos autobuses, muy modernos ellos, muy refrigerados ellos, están manejados por los mismos perros con otros huesos. Y si es muy difícil hacer que el loro viejo dé la pata, es igual de difícil hacer que deje de darla. Se te meten delante sin asco y sin pena. Salen de la parada sin más. Y se creen que lo de ‘dale paso very happy’ era obligación y no sugerencia imbécil.
No hay nadie que le ponga el cascabel al gato. Aquí no hay nadie que sea capaz de dar un puñetazo en la mesa, mandar a la mierda a quien sea menester y exigir, porque puede y debe hacerlo, que el sistema de buses de esta ciudad sea como debe de ser. Lo peor es que si se hace, alguno saldrá a gritar que la imposición es mala, que se ha de negociar y que hay que llegar al consenso. Qué bonito es decirlo.
Muchos seguiremos pensando que ustedes van en sus carrazos último modelo mirando para otro lado porque les conviene, a su conciencia y quizás incluso a su bolsillo.