Escribir un libro en estos tiempos es una osadía, cierta especie de masoquismo. Publicarlo implica capacidad de sacrificio y entrega casi heroica a menos que uno cuente con suficientes “recursos emocionales” para tal empresa.
Cuando se cree que asistimos a los escombros, a las ruinas de lo humano, aparece un libro, que hace de la regla una excepción y obliga a remojar neuronas a los lectores potenciales, o para darnos cuenta de que no todo está dicho. Al convertirse en cosa pública uno crea un compromiso, el autor de marras se vuelve vulnerable y la intolerancia se torna Espada de Damocles sobre sus egos. Para escribir se debe contar con atributos mínimos.
Ayuda sobre manera una significativa formación como lector. Lo demás debe venir por añadidura.Vale más un buen lector con oficio que varios escribidores oficiosos estragando el universo de la página en blanco. En la fauna y en la flora de la literatura existen los novicios y los “usados” especímenes en extinción, verdaderas rarezas de las letras, así como rémoras del “Territorio de la Mancha”. Algunos manifiestan “escribo para mi” como si recitaran a Shakespeare en inglés del Siglo XVI. Otros con mas ínfulas que capacidad que ni son: “no me interesa publicar”. Hay que darles el beneficio de la duda y las gracias de contrabando.
Los escritores fantasmas, esos que llevan décadas con el letrero luminoso en la frente pero, que jamás se han dejado mojar por la miel de la tinta de imprenta. Y se ofenden si no se les identifica como colegas del abuelo Sinán. Sobran los que llevan el uniforme de bardo, brillan con luz propia, a contraluz, con su llama fría, cínica, viscosa. También están los castrantes, castrados, critican todo con criterio de único.
Por fortuna contamos con aquellos que no se rinden y continúan haciendo su obra, trabajada con esmero y disciplina, esos que en palabras de Lezama convierten cada día en una lección para la eternidad. No son pequeños dioses pero florecen con humildad.
Si usted quiere escribir ¡hágalo! Todos tienen el derecho de ejercer con total impunidad, cada ocio con su vicio, sin que venga una patrulla de críticos a desmotivarle.
Tengo el derecho de sacar a la luz pública mis vivencias, mis emociones, al fin y al cabo se trata de mis traumas, mis frustraciones, como quien dice: aquí están mis trapos sucios. Soy un aprendiz.