La literatura me jala por un lado, la política por el otro. Soy lo suficientemente elástico para estirarme sin llegar a reventar. No ocurre la tragedia porque ninguna de las dos jala con la fuerza necesaria. Además, como soy quien reparte la energía, me guardo bien de ponerme en peligro.
En díaD, un suplemento cultural, trato de que mis columnas sean plácidamente literarias que es la cultura que más me atrae. ¡Ay!, pero ¿quién se libra del torbellino político en el que nos revuelcan, quieras o no quieras? Y dado que la política también es cultura, no me queda de otra que poner mi granito de mostaza en este “joldog”.
Como ciudadano tengo el mínimo de experiencia política puesto que nunca he “militado” en ningún partido. Solamente una vez intenté pertenecer al Partido del Pueblo y mi amigo Cleto tuvo la generosidad de rechazarme con toda cortesía: «Aguanta, Neco, espera un poco más para inscribirte.» «¿Cuánto más, Cleto?», le pregunté. Y me dijo con su sonrisa socialista y bonachona: «Cuando Carlitos Marx sea para ti más importante que Groucho Marx».
Gracias a mi duende Pithias eso nunca sucedió, y pude conservar mi humor agridulce y mi virginidad política. Ahora bien, el conocimiento que los partidos le dan a sus adeptos no parece ser una condición sine qua non para “saber” de política. Quizá sí aprenden en sus sesudas reuniones trucos de alfombra y mantel, desapariciones sin rastros, accesos a la imponderable pomme de terre y habilidades de mano con saltos de guabina; pero no un entendimiento filosófico de lo que es realmente la política.
Puff, resuellan algunos, y para qué diablos serviría eso.
Bueno, les digo, si leen La República de Platón o La Política de Aristóteles se darán cuenta de que realmente existen cosas buenas en la vilipendiada carrera. Ojalá nuestros políticos consideraran sus principios: “En el Estado perfecto, los gobernantes no han de buscar el gobierno con miras al provecho propio”. Aristóteles advierte sobre los excesos de libertad (por ejemplo: la tolerancia a la cerradera de calles en un claro desafío a la Constitución), conducentes a la anarquía de la que siempre sale un lobo que envilece al pueblo con dulces promesas, y el pueblo, halagado, lo protege y secunda. Durante un tiempo se comporta con honradez, pero luego, inexorablemente, se transforma en un déspota inclemente.
¡Bah!, cállate, Neco, tú no sabes nada de política!