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Travesía en el San San

Varios canales adyacentes dejan ver en el fondo paredes de zinc o madera donde vive la pobreza. Las fumarolas azuladas sobre los techos desvencijados son el testimonio de algún café que se cuece, mientras el arroz, la yuca o frijoles se ablandan tras la evaporación del agua sobre los fogones.


La iniciativa de subir a un bote o lancha y recorrer un río es siempre una aventura gratificante, no importa donde tenga lugar. Los intereses pueden ser turísticos, paisajísticos, culturales, de indagación científica, deportivos y otros. Hace poco se culminó una expedición al Nilo en África que por primera vez se hacía a lo largo de esta fuente fluvial y que comprobó su real dimensión.

Existen diferencias ligeras si se hace en un ‘bateau mouche’ en París para navegar el Sena, o hacerlo en el Spree en Berlín, llegar a Dresde en Alemania por el Elba; mirar Zaragoza desde el lecho del Ebro, también desde el Guadalquivir que divide Sevilla o apreciar el brillo dorado de las cúpulas de la catedral de San Basilio desde el río Moscú. La vida de los personajes de una novela de García Márquez culmina en el Magdalena.

 

En Panamá, el sentido es otro. Casi ningún río tiene una navegación de tipo turístico y navegarlos es una actividad cotidiana o de transporte específico. Aún así, es impresionante remontar el río Sambú hacia la región indígena en Darién o recorrer el río Iglesias y encontrarse el ensortijado estuario donde se unen el Tuira y el Sabana frente a La Palma. También subir desde esta cabecera darienita hacia El Real o Yaviza.

El río Chagres tiene muchas posibilidades que van desde subir hacia las comunidades emberás luego de partir del pequeño puerto artesanal en Caimitillo y otra ruta después de la esclusa de Gatún y dirigirse hacia su desembocadura frente al castillo de San Lorenzo en la costa caribe colonense. El mismo río con dos escenarios diferentes, dos emociones en el contexto de la naturaleza panameña.

Bocas del Toro cuenta con poderosas arterias fluviales que llevan al Caribe el producto hídrico que emana de sus montañas. José Manuel Reverte, el médico forense español que recorrió esta provincia en los años cincuenta, escribió sobre sus experiencias en las estrepitosas y violentas corrientes del río Teribe.

 

Navegar el río San San en Bocas del Toro es algo totalmente diferente. A un costado de la ciudad de Changuinola, él pasa luego de descender de la montaña, se encamina hacia el norte y corta un amplio panorama que se amplía en la medida en que se acerca a la costa. Este río llega junto al Sixaola en la desembocadura y está cercano a la frontera con Costa Rica.

El río San San pasa bajo el puente de la carretera que une Changuinola y Guabito. Cerca de este punto existe un pequeño muelle en las instalaciones de la Asociación de Amigos y Vecinos de la Costa y la Naturaleza (AAMVECONA). Desde allí se puede tomar la embarcación para el viaje y si se hace en horas de la tarde es mejor porque tendrá uno el sol enfrente y no será tan caluroso.

Al inicio del recorrido, desde este punto, el cauce es estrecho; un árbol caído hace con sus ramas una especie de colador y retiene los desechos de las comunidades de río arriba. Queda un espacio que utiliza la lancha, y ella se desplaza por las fluidas aguas rodeadas de una naturaleza tranquila con sus árboles altos, llenos de flora parásita, musgos, colonias de avispas y ramas agrietadas por el tiempo.

 

Un martín pescador alerta desde la punta del brazo de un árbol sobre el espectáculo natural que espera a los pasajeros de la lancha. Más adelante el río se ensancha y deja ver otras especies de aves propias de estas áreas, entre ellas garzas de todos tamaños perfectamente blancas o azuladas con picos largos y negros, que apenas se perciben en los lugares sombríos del bosque.

En el agua se notan pequeños islotes de un pasto crecido sobre la tierra que emerge y que según los lugareños, se dejan allí tal cual porque son el principal alimento de los manatíes. A veces explican que las formas tan caprichosas de estos "comederos" en la superficie del río, son ocasionadas por las costumbres de "pastar" de estos mamíferos que se acercan y tranquilamente consumen las hebras de hierba plana.

Varios canales adyacentes dejan ver en el fondo paredes de zinc o madera donde vive la pobreza. Las fumarolas azuladas sobre los techos desvencijados son el testimonio de algún café que se cuece, mientras el arroz, la yuca o frijoles se ablandan tras la evaporación del agua sobre los fogones.

 

La naturaleza tiene formas curiosas de revestirse. Algunos árboles presentan unas largas barbas grisáceas que cuelgan de sus ramas, corresponden al musgo español, denominadas localmente como "barbas de viejo", definición que se ajusta a la imagen como de un Don Quijote que se aprecia en esta vegetación ribereña. Ocurre igual con el palo santo, un árbol con flores anaranjadas cual pequeños bombillos encendidos.

La corriente de agua fresca permite a la embarcación moverse con tranquilidad para que los paseantes aprecien el vuelo rasante de las aves de uno a otro lado o que trazan la ruta sobre el río en esta especie de corredor que cada vez se amplía más, gracias a canales que aportan agua desde diferentes fuentes, algunas naturales y otras como técnicas de extracción de humedad de los bananales para evitar la inundación.

En algunas ramas aparecen perezosos dormidos o saludadores con siluetas que ofrecen un aspecto de la riqueza de este ecosistema bocatoreño. En otras, gavilanes, gallinazos, pequeños halcones que esperan alguna carroña, pez descuidado o especie cuyo paso sea interrumpido por las garras de estos depredadores.

Los paticuervos, sus primos, diferentes especies de patos silvestres y otros tipos de aves hacen de las suyas en el agua y ambas riberas; allí expurgan la arena con los picos, o entre las raíces de herbazales y manglares para alimentarse y hacer sus tareas de limpieza; mientras en el aire surcan en bandadas, en parejas o solitarias las más inimaginables muestras de la riqueza que tiene la tranquila fauna de este lugar.

El lomo de madera de la lancha recorre las aguas de un verde oscuro que semeja el color del café. Bajo la superficie, las tilapias, chovecas, róbalos y guabino entre otras especies, se mueven a su gusto. También se encuentran sábalos, que según los lugareños pueden alcanzar dimensiones extraordinarias y sobrepasar las cien libras.

Pero quizás, el premio mayor sería ver los manatíes, "vacas marinas", como le llaman algunos, grandes mamíferos con formas de cilindros achatados que abundan en el río. Existe un lugar donde tienen un "comedero", que es abastecido cotidianamente por los guardaparques para que ellos sean vistos por los turistas que esperan en silencio en un mirador, y no pueden contener el aliento de satisfacción cuando aparecen los animales.

La especie manatí antillano, propia del área, es un animal tímido, silencioso y cuyo desplazamiento es un misterio. Los proyectos de investigación se esmeran en conocer sus hábitos y formas de apareamiento, así como sus costumbres alimenticias, que les hacen digerir grandes cantidades de hierba del lecho del río y moverse a sus anchas en este ecosistema.

El recorrido culmina su primera parte en una estación de AAMVECONA. Allí la nave acoda en un muellecito hecho sobre un banco de llantas, que impide las inundaciones. Los pasajeros descienden de la lancha y entran al refugio. Al atravesar el lugar, atrás se encuentra un patio y al final, arena y una amplia playa con grandes olas pardas que retumban al llegar a la costa.

Un poco más allá, la desembocadura del Sixaola y luego, las laderas de montañas costarricenses. Del lado de acá, los humedales de San San Pond Sack, un importante refugio de la vida natural. Aquí en estas arenas, varias especies de tortugas llegan a desovar en un período del año.

Luego de contemplar estos parajes, caminar sobre la arena de la playa y recibir información sobre el área protegida, se puede iniciar el regreso, ahora río arriba y apreciar aquellos sitios que en la ida no se apreciaron en detalle.

Al final, queda la sensación de haber concluido una experiencia natural difícil de experimentar en otro lugar porque, Bocas del Toro hasta en este pequeño rincón de su amplitud exuberante, es irrepetible.


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330048
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América