Un ciudadano mexicano que, al igual que muchos extranjeros, se sumó a la mojadera simbólica del Carnaval panameño expresó en un canal de televisión que le parecía muy divertido la manera que festejamos, aunque se mostró extrañado por la manera como se despilfarra el agua.
Esa fue la impresión que tuvo este visitante apenas transcurrido el primer día de la farsa. No queremos imaginarnos qué idea se habrá llevado los días subsiguientes, cuando las actividades carnavalescas se las tomaron un grupo, cada vez más numeroso, de hombres disfrazados de mujer en un exhibicionismo degradante, irreverente y exagerado.
Lo más llamativo del tema es que año tras año la televisión ha hecho de estos personajes los protagonistas de la fiesta de Momo y no conformes con los ya existentes, ellos producen celebridades con las mismas inclinaciones como si no existieran otras facetas que destacar en una fiesta que debiera servir para exaltar nuestras expresiones y raíces, y el talento artístico de hombres y mujeres, en lugar de ubicar en un pedestal lo peor de nosotros.
No se trata de un ataque y mucho menos de coartar el derecho a participar de ningún sector de la comunidad, pero resulta indignante apreciar cómo de un tiempo para acá, quienes más se menean en las tarimas, o, en el peor de los casos, quienes no han sabido aceptar la condición sexual que la divinidad les otorgó, sean íconos de nuestro Carnaval.