No recuerdo a quién le achacan la historia, pero sé que era Director de un pequeño museo en los Estados Unidos. El hombre estaba en París visitando el Louvre. Allí fue gentilmente atendido por su colega. Tras el minucioso recorrido, el gringo no pudo aguantar la curiosidad y, a quemarropa, le disparó al Monsieur: «¿Cómo cuánto cuesta todo esto?» El Monsieur, sin despeinarse, contestó fríamente: «Cinco siglos».
¿Cuánto vale la belleza? Hombre, lo que dure. El precio de la belleza se paga en tiempo, no en dólares. Sea la belleza de una fémina, la de un gesto, una pintura o la de un poema.
No hablemos de bellezas intangibles, como la llamada belleza interior. No es cosa de echarla a un lado, es que cada una (la interior y la exterior) tienen valores diferentes.
Hace meses, viendo un programa de TVE (Tito Piedra me acusa de ser un televidente empedernido, cosa que no niego), dos señoras discutían a la española, o sea, a viva voz y hablando al mismo tiempo, sobre el abuso de la belleza femenina en los comerciales. Aunque las dos eran de medio tiempo, conservaban suficientes atractivos como para ellas mismas anunciar cualquier aceite de coco. La más hermosa ??"sin comentarios??", aceptaba de buena gana la participación de las mujeres en comerciales.
He oído a feministas acérrimas, clamar a los cuatro vientos que es degradación del sexo que una bella mujer en vestido de baño anuncie el round de una pelea, una baba de caracol, una aspiradora, o un apartamento. Atacar la utilización de la belleza femenina para animar a los agobiados consumidores es ridículo. Rechazar la belleza de un rostro y la perfección de un cuerpo que ofrece un producto, no sólo es ridículo, es un pedo en un tornado.
La belleza física es un don que puede servir a su afortunado poseedor (sea hombre o mujer), como herramienta de trabajo. No es nada fácil hacer un comercial, ni caminar por la pasarela, ni participar en un concurso de Missloquesea. Me alegro que cobren (y muy bien) por posar para fotógrafos y camarógrafos que congelarán en fotos y videos esos maravillosos estados de floración física que, desgraciadamente, son tan fugaces. Además, es la única forma de lanzar una trompetilla al crítico más severo de su belleza: el tiempo.