Un amigo mío, los otros días, me dijo que tiene un amigo que escribe. Me alegré, y confesó que me lo decía porque sabe que he impartido algunos talleres literarios. Me pidió que le que hagas una lectura crítica a una novela suya. Bien, le dije a mi amigo que tiene un amigo que escribe. Me cité con el amigo de mi amigo y me dio el manuscrito sin más.
La segunda vez que nos vimos le pregunté por sus lecturas. Me dijo que no tenía mucho tiempo pero que se había leído parte del Quijote y algunas novelas de Tom Clancy pero que siempre había querido ser escritor. ¿Poesía, cuento? Qué va, la poesía no hay quien la entienda y los cuentos bueno, si valen los infantiles que les leo a mis hijos… Comencé a desesperarme.
Estuvimos dos horas hablando paja y al final llegué a la conclusión de que la vieja sentencia teológica es precisa en esto de ser escritor: no hay gloria sin cruz. Cristo glorificado sufrió su cruz, menospreciando el oprobio y se sentó a la diestra del Padre. Pero primero pasó por su Getsemaní. El amigo de mi amigo que escribe quiere que las musas vengan a escribirle o, como poco, a arrullarle las historias.
Me encuentro constantemente con escritores que no leen, en talleres, en reuniones, en los bares. Y con escritores que leen, vamos a llamarle paja, y con escritores que leen pero que les sientan muy mal las lecturas, no las digieren bien, y a la hora de escribir lo que hacen es vomitar y el lector termina cerrando el libro. De los tres tipos (y tipas) tenemos en Panamá, como en toda casa de vecino.
Escribir es un acto público, por eso los escritores tienen que tener la vanidad justa que les permita escuchar a los buenos críticos. Panamá, que vive desde hace años en un estado crítico en lo que a crítica literaria se refiere, se está convirtiendo en un caldo de cultivo para tres tipos de escritores: los domingueros (que lo hacen por pasatiempo), los faranduleros (que solo quieren ser reconocidos) y los oropelistas (que creen que su obra es un tesoro, pero no es más que una caja de cartón llena de piedras). Cierto es que el talento aflora y se hace notar, pero no hay nada más dañino que reconocer solo lo bueno (por obvio) y dejar sin señalar lo malo, lo que equivale a aquello de colar el mosquito y tragarse al camello.
Leí el texto del amigo de mi amigo que escribe. Su novela no tiene ritmo, está mal puntuada y carece de verosimilitud. Sus personajes son de cartón y dialogan de una manera muy rara. Le mando un correo electrónico donde le digo estas cosas y le pongo ejemplos. Me merezco un premio por haberme leído todo manuscrito. Le recomiendo que lea varias obras: Pedro Páramo, El lector y Dublineses, cortas, certeras, de un lado y del otro del charco.
Tenemos que comenzar cuanto antes a leer en Panamá y lo digo por los escritores. Nadie debe presentarse a un taller literario sin haber leído antes, como poco, a Cortázar, a Faulkner, Ramón H. Jurado y a Tristán Solarte. El candidato a tallerista debe sentirse empujado a preguntar qué lecturas le hacen falta. Pero hay veces que somos los propios facilitadores o profesores de escritura creativa los que no ponemos el acento en la necesidad de leer bien, como un buen escritor.
El amigo de mi amigo que escribe, me dice que voy de exquisito: ¿por pedirte que leas a Ribeyro a Cortázar y a Carver?. Qué tiene de malo Cohelo, me discute por correo electrónico. Si bajas el nivel de lectura, bajas el nivel de escritura. No me cree. Mi amigo dice que su amigo se disgustó y que ha registrado su manuscrito y que se lo van a publicar. Ahora tengo dos amigos escritores, se ríe mi amigo. Yo le digo que no se equivoque conmigo pero tampoco me cree.