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Un aplauso para El Maestro

Hay en las obras de García Márquez un tono explícito de narración, una forma recurrente de dolor y de rabia, de dignidad y firmeza, compactada en una prosa que no deja espacio siquiera a la justificación de la injusticia.


No hay manera de resumirlo. Como Cien Años de Soledad, el aporte de Gabriel García Márquez, ya no a la literatura, sino a nuestras vidas, es un discurso largo y profundo, una especie de fundamento y desarrollo, una manera de reconocernos y entendernos, y decirle al resto del mundo, "somos esto". Una manera simple de entender y querer la vida, de aferrarnos al cariño con alucinaciones tales que bien podríamos ser considerados como un continente de fantasías, talladas en carne y hueso.
El pasado seis de marzo, cuando el planeta le tributó un aplauso unánime en ocasión de sus ochenta años, Cien Años de Soledad fue señalada en distintos puntos como lo que es, la expresión cumbre de su narrativa, uno de los clásicos más celebrados de la literatura española, pero solo eso (como si fuera poco), un pedazo del esfuerzo y el aporte descomunal de este colombiano errante , como el mismo se describiría en 1982 cuando la Academia Sueca de la Lengua le entregara el Premio Nobel de Literatura, que al situar sus obras en lo mejor de la prosa universal, reclamó para la región una posición no lograda antes.
Su obra es una frontera ¿Quiénes éramos antes de Cien Años de Soledad? Yo conocí su obra por primera vez en 1973. Estaba en quinto año de secundaria en el Fermin Naudeau, cuando nuestra profesora Mayra Vásquez la mandó a leer. Solo habían pasado siete años desde que aquel concurso en Argentina le había dado vida y fue mágico el encuentro. "Macondo era entonces una aldea de unas 20 casas de barro y cañabrava construidas a orilla de un río de aguas diáfanas.." fue una descripción de impacto, un retrato tácito del pueblo donde abrí los ojos a la vida: Salamanca, y que, situado a orillas del lago Alajuela en la provincia de Colón, tenía también en sus orillas esas piedras blancas que El Maestro señalaba en su obra "como huevos prehistóricos" , al hablar del río que pasaba por Macondo. Fue como si descubriera que allá, en Macondo también había otra Salamanca. Después la he leído otras ocho veces, y seguramente la volveré a leer este año, para reiterar el aplauso del mundo a Cien Años de Soledad , a su autor.
Pero.. ¿qué es lo que el mundo y los latinoamericanos le aplaudimos al Maestro? Más allá de la narrativa, la manera magistral como la convirtió en un instrumento que puso sobre la mesa común del planeta, las formas que adoptaba en esta parte del mundo la voluntad de ser, las adversidades que enfrentábamos y la terquedad con que las vencíamos.
Desde La Hojarasca, Los Funerales de Mama Grande y El Coronel no tiene quien le escriba, la terquedad es el elemento común, la voluntad de ser y aferrarse a aquello en lo que se cree, la forma que adopta, y los escenarios en que se registra, en fin la manera como hemos hecho nuestra historia.
No hay -para mi- un testimonio más contundente con el que Gabo sustente esto último que su discurso ante la Academia Sueca de la Lengua, en 1982 cuando recibió el premio Nóbel de Literatura. Para que se entendiera El Tamaño de nuestra Soledad, Gabo recordó las atrocidades que realizaban las dictaduras existentes entonces en la región, y cómo el número de muertos y desaparecidos podría representar fácilmente el número de habitantes de ciudades como Nueva York. Pero para que Europa lo entendiera mejor también hizo referencia a su historia de guerras. No bastaba conocer nuestros datos, para que el viejo continente nos entendiera tenía que verse en su propio retrato.
Hay en las obras de García Márquez un tono explícito de narración, una forma recurrente de dolor y de rabia, de dignidad y firmeza, compactada en una prosa que no deja espacio siquiera a la justificación de la injusticia. En Cien Años de Soledad por ejemplo, cuando aborda la matanza en las bananeras de Santa Marta, en 1928, la colocación de los nidos de ametralladoras en los techos de las casas, el calor que sofoca a los tres mil manifestantes y luego, las descargas ininterrumpidas de metrallas, y después..el olvido obligado o salvador. Esa amnesia de común acuerdo que asumen los sobrevivientes, más que como expresión de cobardía, como una manera de proteger la vida y ganar tiempo para alejarse del modo más rápido de la atrocidad. Por eso Aureliano, que está entre los sobrevivientes, que ha hecho parte mágica de los cadáveres que en masa han sido trasladados en los vagones del tren, pero que ha sobrevivido, no entiende cómo es que nadie se diera cuenta de la masacre; más aún, que nadie la recordara. Aureliano se convierte en la licencia válida para cuestionar el olvido, para indagar sobre lo que pasó y poder dar la respuesta. Años después en la década del treinta los nidos de ametralladoras se apostaron en Guernica, España y otra vez el olvido, o la versión de que fueron los propios residentes del pueblos los que "al enterarse del ataque, prefirieron destruir la comunidad". Obvio, no? También decidieron matarse entre ellos mismos para que el espanto fuera completo. Años después El Chorrillo, en Panamá.. y allí va la universalidad del Gabo.
Pero hay también una recreación feliz de la inventiva popular, un dar solidez a lo increíble. Como cuando Remedios La Bella sube en cuerpo y alma al reino de los cielos. La estela que dejan las sábanas que van debajo de ella posee tal fuerza, que sino se explican su orígenes el lector podría creer asombrado en el hecho. Nadie se imaginaría la fuerza cultural que hay detrás de la narración, porque en realidad se trata de una muchacha que se fuga con el novio, y la familia, avergonzada por un acto de trastoca la rigurosidad de las normas, solo informa que Remedios La Bella ha subido al cielo en cuerpo y alma. Pero como ha dicho el propio Gabo en varias entrevistas, en la narración de un hecho cierto, una sola mentira termina por destruirla, pero en la narración de la ficción, basta un solo elemento cierto para darle fuerza y realidad. Además "todos los días una chica se fuga con su novio, pero no todo el tiempo hay una que suba en cuerpo y alma al reino de los cielos".
Maestro en la técnica de narrar, Gabo es sin discusión un docente para la humanidad, un instructor sobre la forma como se pueden decir las cosas, no solo de mejor manera, sino excelente.
Crónica de una muerta anunciada es un ejemplo, no solo por lo descarnada que resulta la descripción, sino porque en ella Gabo se da el lujo de comenzar por el final, de decirle al lector en qué terminará su obra; es decir, se da el lujo de jugársela y mantener el interés del lector, y solo soltarlo al final. Ya no se trata de qué sucede, sino cómo sucede.
Gabo es en fin, un crítico de la miseria humana, un enamorado de las virtudes del hombre, un autor que aplaude la voluntad del hombre por ser bueno, pese a todo. Es esa condición humana, esa calidad moral y auténtica, esa guía de largo alcance, que como el Quijote se nos convierte en referencia permanente, lo que el martes pasado la humanidad le aplaudió a nuestro Gabriel García Márquez.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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