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Un boxeador de guantes blancos

“Panamá” Al Brown, fue el primer campeón latinoamericano de boxeo. Increíble que peleara en categoría gallo (no más de 118 libras) pues medía 5 pies, 9 pulgadas.


Ernesto Endara (Escritor (necoendara@gmail.com)) / Escritor (necoendara@gmail.com)

“Panamá” Al Brown, fue el primer campeón latinoamericano de boxeo. Increíble que peleara en categoría gallo (no más de 118 libras) pues medía 5 pies, 9 pulgadas. Un bambú con brazos largos. Peleó en Nueva York, pero empujado por los aires kukuklanescos del público, se largó a Francia. Allá se convirtió en campeón y en leyenda. Los franceses, lejos de ser racistas, admiraban sus extraordinarias dotes de peleador. Por la velocidad de sus puños,­–relámpagos que fulminaban a sus adversarios–, le hicieron pelear con guantes blancos para verlos mejor. Seis años fue rey. Conoció a Jean Cocteau. Cada uno enredó al otro. Al Brown vivió parrandas elegantes. Usó otros guantes blancos, no para golpear sino para sentirse fino. Se afinó demasiado. Bajó en picada por el tobogán de los excesos: opio, juego, champaña, homosexualismo, amigos bonitos. Se ablandó. Perdió la corona. Las bombas de Hitler completaron su catástrofe, destruyeron su imperio de terciopelo y mariposas. Sus caballos de carrera desaparecieron en la tormenta de la guerra con sus crines al viento. No tuvo más remedio que regresar tan pobre como había llegado.

Decadente, débil, vicioso, peleó en Panamá con lo mejorcito que teníamos (que eran buenos), y los noqueó. Perdió una dudosa pelea con un peruano. Mejor ni hablar. Entonces lo ví. Mi madre Jilma Cecilia y yo vivíamos en un cuarto arriba del restaurante-bar Hancock. Al Brown alquilaba un cuartito en la parte de atrás del limoso corredor. Vaya, no lo puedo olvidar. Con un cepillo sacudía dos vestidos, ruinas de su pasada gloria. Los rayos del sol, a esa hora perpendiculares, destacaban el fino polvillo que se desvanecía en el aire. Cuando mi madre pasó le dije: «Ese que está allá abajo fue campeón mundial». Jilma Cecilia, que algo debía haber oído por ahí me advirtió: «Cuidado con ese hombre, es peligroso».

¿Qué era opiómano? ¿Y qué?, De Quincey también lo fue y gocé su lucha contra los demonios. ¿Qué era homosexual? Ja, Lorca lo era también y todavía no he leído mejores versos que los de él. ¿Bailarín? Sugar Ray también, y fue el mejor boxeador del mundo.

Hoy, Al Brown descansa en Panamá. Si algún día paso por el cementerio Amador, soplaré el polvo de su sepultura y miraré como se disuelve en el aire.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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