Lo merecía el fútbol. A pesar de no ser un partido tan espectacular, pues ganó la prudencia y el nerviosismo de la final, el Mundial de Sudáfrica se despide con la alegría del primer beso a la más bella de tu vida.
España, el equipo que llegó como favorito con la alegría de un fútbol espléndido, dio otra demostración, tal vez más opaca, pero valedera para un título, una alegría para una nación que entrega una de las mejores Ligas del Mundo… sí, bien ganado, España.
De menos a más, porque tras la derrota ante Suiza nadie los daba por campeones, es más hubo burlas, pero como bien titularon en España, esa derrota fue una cura de humildad.
Porque el campeón levantó por primera vez la Copa y en un ensueño se rompió el maleficio y la deuda que existía con África, continente al que sólo lo asociamos con pobreza, que sí que la hay, pero que también es alegría, grandeza…
Sudáfrica cerró la puerta con infarto en un partido muy difícil, pero que se sabía sería así. El Mundial en el que las estrellas máximas, Cristiano Ronaldo, Fernando Torres, Rooney y Messi no se consagraron, pero sí un pulpo llamado Paul. Anécdotas que quedarán de la tierra de los diamantes.
Y al final, ese gran hombre, Nelson Mandela, el prisionero 46,664, la figura más emblemática de la libertad racial. Gracias, maestro, sin usted este Mundial jamás hubiese sido posible. Eso y la reconciliación del hombre blanco y el negro, colores tontos, todos hermanos.
Así fue. Sudáfrica consagró un balón polémica, dejó alegrías, tristezas, sueños rotos, corazones enamorados. Que si Maradona, que si Dunga, que si Alemania… al final, sólo un rey, entre verdes olivos, donde en el Olimpo canta el: Olé… Olé… España Maravilla.