“Manso cacharpón, ni haciéndole un overjolcamina.” Estas palabras, en negritas que nacen en mi mente y en la de cualquier panameño al ver un auto muy deteriorado y que no tiene compón forman parte del recientemente publicado Diccionario del Español en Panamá(DEPA).
Al buscar el autor en la colorida portada de este libro -es amarillo mostaza- no encuentro el nombre. Solo después de abrir la tapa, veo una foto de Margarita Vásquez que nos sonríe como diciéndonos: ¡prepárense que viene lo bueno!
El nombre de la autora del Diccionario, así lo llamaremos de ahora en adelante, lo encontramos solamente en la segunda página, como un acto de modestia singular. Margarita Vásquez, entre otros menesteres, es miembro de la Academia Panameña de la Lengua y toda su vida ha enseñado y estudiado nuestro idioma.
Enseguida abro el libro al azar y me aparece la palabra “gueveta” cuyo significado es, tonto. Nada más real. A un amigo de infancia, por allá en Plaza Amador, le llamábamos “Gueveta, con mayúscula. Recuerdo que hizo honor a su nombre cuando en una ocasión, otro compañero iba a devolver al cuadro el balón de fútbol completamente nuevo que había caído a la calle, se lo trató de arrebatar, con el resultado de que fue aplastado por un carro que pasaba. De más está decir que a Guevetacasi le sacan la ñecs.
¿De dónde salen? ¿Quiénes las inventan? En su mayoría no se sabe, pero allí va una hipótesis muy mía de la palabra manso, con la que se inició este artículo. En el español usual es apacible, pero en nuestro lenguaje denota muy grande o llamativo y así lo registra el Diccionario. Creo que he encontrado el origen de esta palabra en la guajira cubana, “Tiene sabor”, que cantaba Abelardo Barroso, y que en uno de sus versos dice: “Al llegar a manso río, entre madrugas y guines, se oyen los tiernos cantares que salen de tu bohío”, Los bohemios, los malucos de los años 50, en su forma de hablar tan peculiar, convirtieron ese manso en un superlativo, que fue aplicado a toda cosa portentosa.
Si obtiene el Diccionario, cada vez que lo abra se va a reír, se va acordar de alguna anécdota. Así somos los panameños, así hablamos.
Otro panameñismo, “mazamorra”, es un postre de maíz, pero también se utiliza para los hongos de las pecuecas.
Vásquez nos dice en la contraportada del libro que tiene como objetivo ofrecer, a todos los que lo abran, una selección y ordenamiento de las palabras que se usan para hablar español en Panamá. Y en su recopilación, cosa magistral, nos pone ejemplos de publicaciones con fechas y nombres de artículos de periodistas que han usado estas palabras. También se refiere a obras literarias de autores panameños.
Esto vacuna a estas palabras de ser consideradas vulgares, son vocablos cotidianos, que encontramos en noticias y escritos de periódicos, revistas, novelas, cuentos, ensayos, claro está que tienen, forzosamente, como autor a un panameño.
Para los escritores, considero que registrar en un diccionariopalabras muy regionales o autóctonas nos manda un ejemplo de que podemos usarlas en nuestras obras. A veces no me atrevo, pues tengo miedo de que no se entiendan si el libro lo lee algún extranjero.
Pero bueno, este Diccionarioes una fuente de orgullo, un bastón para enaltecer nuestra autoestima como pueblo. Esas palabras, y sus significados, nacieron de nuestro diario vivir. Nos las transmitieron nuestros abuelos o nuestros hijos. La forma de hablar de la juventud también ha sido una fuente en la que ha bebido el Diccionariode Margarita.
Un ejemplo de eso es la palabra yeyé, tubi-tubi, racataca, transar, tranque, tarjetahabiente. Más viejas son trepaquesube, tracalear, radiobemba, rabiblanco, por oligarca; o popofpor vanidosa; o ponchi por loco.
Imagínese cuántos hemos dicho: “Esta niña popofme tiene ponchi.”
Parece mentira, pero podemos hacer un discurso con estas palabras y lograr mucho sentido y mostrar sabiduría en lo que decimos.
Son palabras llenas de significado. Sí amigo lector, a la profesora no se le fue ninguna, todas están en su diccionario.
Mi amigo Octavio, al vérmelo en la mano, se interesó y junto a otros compañeros trataron de poner a prueba el Diccionario, mencionando palabras panameñas y no pudieron encontrarlo en falta. Octavio terminó comprándolo.
El mayor enemigo del Diccionarioson las veces que se escriban en las computadoras y estas las marquen en rojo. No le haga caso, esas palabras se pueden usar, son muy nuestras.
Y los voy dejando, no puedo escribir más del Diccionario, porque tengo que jugar vivoe irme para mi chantina meterle al pebreantes que el pelagatoy el chichipatique tengo al lado comiencen con su pedidera.