La ironía está muy cerca del cinismo y del eufemismo; con el cinismo la armamos, con el eufemismo, la disimulamos. Pero lo que más se acerca a la ironía es la sátira. Ambas utilizan la sonrisa para la burla burlando. La ironía requiere del humor para su mejor comprensión, aunque abundan las ironías amargas. Lo que sí divisamos en el extremo opuesto a la ironía es el fanatismo. La razón es sencilla: el fanático sólo admite la seriedad, la inmutable y rígida seriedad. Poco humor podemos exprimir a un fanático. De ahí que los tremendos mazazos de la ironía son por gusto. Al fanático hay que darle con el yunque de la verdad, por muy relativa que sea.
En Quevedo y en Ambroce Bierce tenemos ejemplos radiantes de ironías: Bierce define al farmacéutico como “cómplice del médico, benefactor del sepulturero y proveedor de los gusanos del cementerio”. Quevedo nos dice que “El dinero es un dios en rebozo, que en ninguna parte tiene altar público, y en todas tiene adoración secreta”. Lo extraño es que dos maestros irónicos como Bierce y Voltaire, que surfearon alguna vez en “Diccionarios”, no se animaron a definir la palabra ironía.
El sarcasmo es primo hermano de la ironía, pero su naturaleza es amarga y ofensiva, y está pegado con Krazy glue al cinismo. Sin embargo puede ser literario y exacto si sale de una pluma como la de Carlyle: “Nadie hizo jamás nada bueno por razón de sus malas cualidades sino a pesar de ellas”. También encontramos gotas de ácido, como en Gracián: “Los sinceros son amados, pero engañados”. Y risueña gracia como en Benjamin Franklin: “Tres personas pueden guardar un secreto, si dos de ellas están muertas”.
La ironía es como una palanca que usa el lenguaje inteligente para expresar lo esencial. Sin embargo hay quienes usan la ironía para desaparecer lo individual y diluirse en la existencia colectiva. Ferrater Mora nos dice que la ironía es algo más que un carácter superficial de la existencia humana. Que no es sólo un método sino una constante de la vida y se revela sobre todo cuando se experimenta una crisis –individual o histórica–, y es cuando aparece junto al fanatismo como dos actitudes contrapuestas.
La última vez que pisé Cuba vi un letrero que me hizo sonreír. Decía con irónica inocencia: “Territorio libre de América”. Por supuesto, un fanático lo creerá a pie juntillas.