"¡Estoy de suerte! Si cometo un error, no pasa desapercibido" Confucio
¿Qué sería del mundo sin los especialistas? Probablemente sería infantilmente libre y risueño. O quizá no pasaría de ser un mundo de groseros principiantes. Casi todos los especialistas son graves y solemnes. Ellos nos detienen en los resbalones fatídicos de nuestra ignorancia, para luego empujarnos al abismo con la satisfacción del deber cumplido. «¡Alto, atrevido, no te metas en esto y menos se te ocurra expresar tu opinión porque no sabes ni hostias!» Pero soy atrevido. Si me he atrevido a declarar que no me gustan cuadros de Picasso, poemas de Neruda y novelas de Doris Lessing, seguro que seguiré de impenitente impertinente. No entiendo de arte, lo siento en el estómago.
Nunca he sido especialista de nada. Jamás lo seré. Por supuesto que no sé nada de música. El empeño de mi tía Marinés de iniciarme en los misterios del piano naufragó en el traicionero (para mí) archipiélago del solfeo. Fue lo primero que confesé en el ¡Splahhhh!. Por eso llamo Soliloquios a mis columnas. Son pensamientos que bullen en mi cabeza y los revuelvo, los cocino, los aderezo (por cierto que muchas veces se me va la mano en la sal de mi ignorancia y otras en la pimienta del mal gusto). Mis percepciones suenan peor que el “ratatachín, chín, chin” de una banda de principiantes desganados. Lo peor es que salen ofreciéndose al paladar de quienes tienen papilas gustativas, no ordinarias y rudas como las mías, sino sensibles, entendidas, finas y requete finas y, si las prueban, deben escupirlas por un colmillo para no envenenarse. Mis ganas de reír se enredan y resbalo con la cáscara del mal gusto. Pido disculpas a los percusionistas del mundo por meter mis orejas en su trabajo. Sobre todo, pido disculpas al flaco (ya quisiera yo su contextura y su intensa barba negra pues a mí, pipón y fofo, sólo me salen desperdigados pelos de gato en las mejillas) que toca los platillos en el Mà Vlast de Smetana. Humildemente acepto que fueron de mal gusto mis comentarios sobre Gustavo Gimeno (sé su nombre gracias a uno de los comentarios que recibió mi Splahhh). Mis fallidos intentos de ser gracioso resultaron catastróficamente estúpidos. Para bien o para mal (que es mi caso), lo escrito queda. Queden aquí también mis disculpas al señor Gimeno.