En Panamá, y con base en la intención de honrar el nombre y la obra de Rogelio Sinán, figura señera de nuestras letras, nacido en Taboga un 25 de abril de 1902, el próximo miércoles se celebra el Día del Escritor y de la Escritora.
No voy a usar esta columna para enumerar los múltiples escollos que deben afrontar quienes se dediquen a cultivar todos o alguno de los diversos géneros literarios, ni el marco de mezquindades en que debe florecer tan importante y trascendental oficio artístico; emplearé mejor mi espacio para aludir a todo lo bueno que se desprende del hecho de escribir; es decir, todas las ventajas que representa para el poeta, el cuentista, el dramaturgo, el ensayista, el simple escribidor de columnas, ese arte que nos vino, cual aderezo, con el pan que traíamos bajo el brazo al nacer.
En mis no tan lejanos años de la adolescencia existían unas calcomanías que las chicas solían coleccionar con cierta avidez; a veces se dignaban compartirlas con los muchachos, ya sea invitándolos a repasarlas mientras hojeaban su álbum sobre el regazo, o, algunas más arredradas, mediante un modo expedito: pegándolas en alguna posesión varonil (un cuaderno, un libro, la caja de geometría o el bolsillo trasero del pantalón). Eran unas pegatinas que siempre comenzaban diciendo: “Amor es…”, después venía cualquier cosa, junto a los perfiles regordetes de una especie de angelitos desnudos. Yo, en cambio, usaré la frase “Ser escritor es…”
Saber que tu oficio no depara riquezas materiales; pero que, en cambio, entrega riquezas espirituales sin fin. Y al final de cuentas, esas sí podrás llevártelas cuando te llamen.
Reconocer que el hecho de escribir, pero más el de publicar, aunque no se logre determinar el porqué, te hará perder amigos; pero no los extrañarás, porque también te permitirá conocer gente interesante, gente buena, con las que pasarás buenos ratos, tanto que olvidarás lo que perdiste (o sucumbirás al prurito de hacer de ellos los villanos de una novela).
Comprender que no resolverás los dilemas del mundo, por más que lo intentes; pero eso sí, te permitirá reconocer tus propios dilemas, o quizás encauzarlos y, si es así, tendrás a la puerta un modo de hallarles solución.
Llegar a la conclusión (algunos lo hacen pronto, otros se tardan) de que tu oficio no te hace un ser superior; pero te permite reconocer cuán humano eres, y eso es bastante.
Entender que, a pesar de que llegaste a creerlo alguna vez, no sabes nada; no seamos tan estrictos, quizás sí sabes algo, pero aceptarás que es muy poco.
Descubrir que sí, que tal como algunos lo pronostican, hay locos entre tus colegas; y que, con el tiempo, tal vez comiences a pensar que, viéndolo bien, no están tan locos, y que es al resto del mundo al que le falta cordura.
Disponerte a descubrir cosas nuevas cada día, a asombrarte más, a ser como más niño a medida que creces; no te preocupes, ser escritor es solo el modo de darle cauce a las aficiones de un buen observador.
Aceptar que hay colegas que no entran en ninguno de los juicios anteriores; pero como reconoces que el escritor se resiste a las etiquetas, a las clasificaciones, sabrás que no es por el hecho de ser escritor, sino por ser humano.
A los hombres y mujeres de esta Patria, que hoy ostentan con orgullo el título de escritores, un abrazo fraternal. ¡Feliz día a ustedes!
Que la palabra te acompañe.