Algo de sensatez parece haber arribado a los predios hípicos. A buena hora se dispuso ordenar el ingreso de los competidores, tan pronto estén en el punto de partida.
La semana pasada fue más evidente la decisión y, aunque no se dio de manera perfecta ( ¡sí, sabemos que nada es perfecto!), el avance fue importante. No es la primera vez que se hace un ensayo en esta dirección, pero siempre terminan por imponerse los viejos vicios sobre lo que práctica universal manda.
Se trata de una política operativa a la que estamos llegando tarde, muy a pesar de las decenas de carreras que vemos todos los días, procedentes de EE.UU., en cuyos hipódromos se tiene por norma que los caballos se vayan cuadrando en sus posiciones de partida, tan pronto se arriman a la gatera.
Y no es que allá viven genios y que por estos lares seamos todos una partida de tarados. De lo que se trata es de agilizar las carreras para hacer menos monótonas las reuniones hípicas, minimizar la presencia de los caballos mucho tiempo detrás del partidor con toda la carga de nervios y adrenalina que hay previo a una competencia y propiciar partidas más parejas.
Ahora bien, nada de eso será posible si los ejemplares no son el producto de un entrenamiento serio, de prácticas de gatera concienzudas y de tratos menos bruscos por parte de sus cuidadores y de los operadores que laboran en el punto de partida.
La primera carrera del domingo pasado, en la que había varios debutantes, y hubo que retirar a dos pocos antes de darse la partida, sirve de evidencia para sustentar nuestro planteamiento. Una de las participantes tiró a su jinete apenas pisó la pista y otra quedó literalmente guindada de la ‘barrera automática’, todo –a nuestro modo de ver- secuela de que en alguna parte del proceso, no se hicieron las cosas bien.