Acabo de ver un libro de John Le Carre en una librería y me dieron ganas de comprarlo.
Pero más que comprarlo, quise recuperar un momento.
No leo mucho a John Le Carre ahora, pero cuando era un adolescente devoré cuanto publicaba:” El Espía que Surgió del Frío”, “El Topo”, e incluso su primera novela, “Llamada para el Muerto”. Aún conservo las ediciones amarillentas de Bruguera, las que tienen un gatito negro en el lomo.
Puede resultar extraño que alguien lea a Le Carre en un país tropical. Y no me refiero a que Le Carre no haya situado sus tramas en uno u otro país tropical – bien nos acordamos de “El sastre de Panamá”, obra que me parece buena, debo reconocer, pero que al fin y al cabo se escribió desde el ordenado ángulo de un inglés -, sino a que su construcción literaria es muy distinta a la que se estila no solo en el trópico, sino en la mayor parte de Latinoamérica. Su prosa es milimétrica y el Caribe y sus alrededores, caótico.
Le Carré también ha escrito de cuanto embrollo ha atravesado el mundo – la guerra fría, los neonazis, las rapiñas europeas en África y un largo estétera -, pero sus retratos traslucen la calma del buen pensador, del reflexivo artista. Nuestras sociedades siempre deberían ser iluminadas por esta óptica. ¿Quién nos dirá la verdad si nadie está pensando?
Si hubiera comprado el libro de Le Carré, habría sido por nostalgia y no en nombre de una nueva lectura. Habría querido encontrar en él, las ilusiones que de adolescente hilaba. Eso es lo que en el fondo me hubiera animado. No leeré, ahora, con la fascinante inocencia de antes, pero algo es algo.
El mundo se ha convertido en un tren de alta velocidad y no creo que sea solo mi opinión. Ya las novelas de intriga, así sean intrigas entretenidas como las de Le Carre, son menos populares que las de magos adolescentes. No creo estar diciendo nada extraño, algo que no encuentre eco en ti o en otros. Seguramente has escuchado el zumbar del tren. Si lo aceptas, me ayudas a dar un paso hacia la objetividad y a fortalecer mi propuesta. Quiero fundar un oasis de calma en medio del mundo.