En el peor momento para el estamento taurino, en plena temporada y sin dar demasiadas explicaciones. Así ha sido la prohibición de los toros en Cataluña. Legítima y soberana. Surgió del propio pueblo. Recogieron firmas y sus parlamentarios legislaron según emanó del poder popular. Otra cuestión son los motivos.
¿Qué ha llevado a Cataluña a prohibir los toros?
En una democracia asentada no resulta demasiado adecuado prohibir. La excusa es el bienestar animal y una cierta sensibilización extrema. La motivación para llevar a algo tan grave como una prohibición tiene más fondo. Por un lado, la necesidad de desmarcarse de todo lo que huela a español. La política independentista catalana cobra cada vez más relevancia. Por otro, se ha ido perdiendo paulatinamente la afición a los toros.
Quizá, sólo por higiene y ánimo de seguir viviendo en una sociedad tolerante, no hacía falta tensar la cuerda y prohibir los toros. Una ciudad que a comienzos del siglo XX tenía tres plazas de toros operando al mismo tiempo no puede borrar de un plumazo su historia. Si no les gustaban ya, era mejor dejar de ir. No habría empresario que se propusiera este tipo de espectáculos y moriría por indiferencia.
¿Era necesario prohibir?