“Ni el odio de lo objetivamente odioso, puede dar a luz una sociedad feliz” Koestler
Cuando el neoliberalismo quiere comernos con un cuento peor que el de la Cenicienta, despliego mis penachos rebeldes y estandartes de siniestro. No me confunda con izquierdas o zurdos. Soy siniestro por escogencia, porque ingenuamente acepto principios básicos para la convivencia pacífica del hombre con el hombre. ¡Al diablo los símbolos que no convencen! La hoz y el martillo yacen en el mismo cementerio donde hace tiempo enterré los infantiles dibujitos políticos de los demás partidos. No creo en ellos. Creo en la libertad del hombre.
Ser siniestro es atreverse a creer y defender la libertad del hombre. No serás siniestro si aceptas y defiendes a dictadores. Por eso no convencen los ideólogos fosilizados. Todavía creo en la fraternidad humana. Es posible vivir y trabajar hombro con hombro con otros seres, sin necesidad de seducirlos con el gastado libreto de una hermandad inexistente; ni rellenarlos con odio de clases, de naciones, o entontecerlos con ásperas consignas.
Luché, a mi manera, para que justicia y educación fueran igual para todos. No logré nada, pero hice la lucha dando charlas sobre ecología en escuelas primarias, sobre literatura y periodismo en secundarias y sobre libertad en las principales universidades de Panamá. Fui profesor de la Escuela Náutica durante nueve años en los que graduamos a más de mil profesionales del mar que, según muchos de ellos, de no ser por la Náutica, hubiesen terminado como carne de presidio. Algo es algo.
¿Por qué hablo de zurdos? No intento ofender a los que la naturaleza les dio más habilidad en la mano izquierda (aunque es espantoso cómo escriben, sus aciertos son comparables a los derechos; además, ¿quién diablos escribe a mano?). Eufemísticamente los llamo zurdos para no llamarlos ñángaras quemadores de banderas.
Me revuelve la bilis escuchar a los que se autotitulan "patriotas" y "revolucionarios", y, que yo sepa, jamás hicieron algo por su pueblo. Se burlan de los clubes cívicos y desprecian con rabia maligna las actividades en las que se regalan juguetes a los niños pobres, como si eso, recibir un juguete, no fuera lo más importante para un niño en Pascuas.
Tuve el honor de pertenecer a uno de esos clubes, y gocé ayudando a construir un parque y dando mantenimiento y proveyendo de medicinas a un centro de salud. Pero nada comparable a la emoción que palpé en los chiquillos que en Navidad recibieron juguetes de un Niño Dios siniestro.