Creo que el primer recuerdo que nos queda cuando por primera vez visitamos una feria del libro, es el olor a papel, el olor a nuevo y eso me sucedió cuando, por primera vez, visite una feria en 1993 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Tengo que admitir que este olor me conmovió y es difícil olvidarlo y eso es lo primero que siento cuando piso la entrada de una feria del libro.
Creo haber participado en unas 19 ferias del libro, en distintas ciudades, todas diferentes, cada una con el condimento de la ciudad que las acoge. No se puede hablar de ferias buenas o malas, simplemente, son diferentes.
La de Cuba es una feria muy linda que dura más o menos 23 días y recorre varias ciudades. La de Santo Domingo fue una apuesta del Presidente Leonel Fernández, quien del presupuesto del Estado, destina un fondo considerable con el fin de que la feria sea gratuita para los visitantes, pudiendo así, invertir en una delegación cultural de gran respeto que asiste cada año. Esta feria ha ido tomando una enorme fuerza en el Caribe, y es tal vez, la más importante del área, también lo fue la de Puerto Rico, pero por falta de dirigencia se fue muriendo poco a poco.
La de Guadalajara es considerada la más importante de todas las ferias del libro, la realiza la Universidad de Guadalajara y no la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, que sólo contrata los espacios para la venta de libros. Tanto el contenido del programa cultural como las invitaciones las lleva a cabo un comité permanente, nombrado por la Universidad de Guadalajara, presidido por Raúl Padilla y que tienen una planilla de, más o menos, 350 personas trabajando todo el año, buscando nuevos clientes, nuevos países para invitar y nuevos autores para presentar.
Esta feria se distingue porque, además de ser muy profesional, hace énfasis en la invitación de bibliotecarios de todo el mundo como invitados especiales y los compradores profesionales que van de todas partes, haciendo de la misma una gran reunión de negocios, pero a la vez están los mariachis tocando y siempre hay un brindis de tequila en cada “stand”, sea la hora que sea, dentro de los tres días de programa profesional. Simultáneamente, se lleva a cabo un congreso de escritores, hasta la muestra gastronómica del país invitado que es el que hace lucir la feria y es la que por tres semanas se apodera de la ciudad, en donde sólo se habla de la feria del libro, haciendo de esta actividad, tal vez, la fiesta cultural más importante que se realice en Guadalajara.
Sigue, en orden de importancia, la feria del libro de Bogotá, que ha crecido en un 42% en los últimos diez años, aumentando las novedades cada vez y con el ingrediente de las bolsas para compradores, lo que hace apetecible ir a la feria del libro y darse un recorrido por esa bella ciudad del sur.
Otra feria que llama mucho la atención es la feria del libro de Santiago de Chile y es, tal vez, la más interesante debido a que, no obstante, el libro en Chile tiene un impuesto muy alto, se sigue visitando y la misma crece cada año y lo han logrado debido a la riqueza del contenido del programa profesional en donde se invita a participar con bolsas de viajes a todos los compradores más importantes del cono sur con una atención personalizada y con ello han logrado hacerse sentir consiguiendo que una empresa de luz les otorgue, año tras año, más de 100 mil dólares como auspicio, lo que les permite replicar distintas ferias en distintas ciudades de Chile, de allí que el país está más que comprometido con el libro y se le distingue por ser un país lector, aunque estoy convencida que el libro es un vehículo cultural, porque el libro en sí, no hace culto a nadie.
Siguen siendo las primeras ferias, El Líber, en España, una feria exclusivamente para compradores y la feria de Frankfurt, feria para vender derechos y sostienen los entendidos que quien no conoce esta feria no sabe nada de libros, yo la conocí y entendí por qué se dice esto y es que si uno se retrasa 5 minutos en una cita, la pierde sin que haya una segunda oportunidad. Allí reina el orden, no hay programas especiales, sin adornos, simplemente es la feria en donde se deciden los derechos de edición de grandes obras que luego vemos en nuestras pequeñas ferias del libro.
En estos momentos, casi todas las ciudades importantes tienen su propia feria del libro, algunas con mejores resultados que otras, algunas se fueron cayendo poco a poco por falta de quien dirija este proyecto, con la idea de convertirlo en una vitrina cultural, no en un mercado de ofertas de libros. Otras fueron en picada porque dejaron de ser una vitrina interesante para el expositor extranjero que es la “vida” de una feria del libro. Y lo es porque, de lo contrario, no las necesitamos, para eso están las librerías, y es que en las ferias se consiguen no sólo ofertas sino novedades, se pueden conocer autores, se escuchan conferencias, se participa en un programa profesional por muy poco dinero, lo que hace que las personas asistan.
Para esta parte del mundo también hay ferias, toda Centroamérica tiene la suya, excepto Honduras y Nicaragua, que llevaron a cabo Filcen (Feria Centroamericana del Libro) y no volvieron a repetir la experiencia, pero sin lugar a dudas, todas tienen la feliz coincidencia de crecer cada año porque la gente las espera, tal como sucede con la de Feria del Libro de Panamá, que se ha convertido en una cita esperada de los panameños, ya no siendo parte del circuito de ferias de Filcen, sino con autonomía propia, con su propia identidad, ahora con Uruguay como país invitado que, seguramente, dejará un importante legado tal como sucedió con las anteriores que dejaron una estela de recuerdos en cada persona que asistió.