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“Una aventura con el Pájaro Jai”


Habíamos aceptado una invitación de James Brunton, conocido en Darién como Jaime, Presidente de la Fundación Pájaro Jai, y su esposa darienita la Dra. Oda Gómez, para conocer el velero que lleva el nombre de la fundación y participar, a la vez, de una feria organizada por la comunidad indígena de Mogue y apoyada por la fundación, para celebrar el primer año del lanzamiento del velero hecho cien por ciento con manos panameñas, principalmente darienitas e indígenas pertenecientes a la etnia Emberá y residentes de la comunidad. Nuestra comitiva la integraba Oda, su hija Ivenuel de 9 años, mi esposa Irene, mi hijo Lucas también de 9 años y yo. En realidad yo me había sumado a la invitación que Jaime le hiciera a Irene, por manejar el área de cooperación internacional en Ciudad del Saber, y con quien la Fundación Pájaro Jai (Pájaro Encantado) quiere desarrollar una alianza estratégica.
Cuatro horas y media después de salir de la ciudad de Panamá, abordamos en La Palma el Pájaro Jai con sus noventa pies de largo y la cubierta llena de provisiones para Mogue. El velero tiene que ser la obra de arte más importante que hayan fabricado manos panameñas y cien por cien con maderas preciosas del Darién, como el morado Nazareno, el cedro amarillo, el cocobolo, el roble, y el guayacán, entre otras especies que se me escapan. En muchos casos, piezas únicas en el mundo por tratarse, por ejemplo, de vigas estructurales de una sola pieza para sostener la cubierta. Ubicar esas piezas de guayacán en particular, demoró tres años, dado que tenían que tener no solamente el largo y ancho requerido, sino la forma angular que exigía el diseño "ketch" del velero que pesa casi 90 toneladas. Con Jaime aprendí que los principales diseños de barcos de vela que surcan por el mundo son el "scooner", el "ketch" y el "yawl", y que los principios de sus diseños surgen de la época en que la potencia de las naciones se medía por sus flotas marinas.
Pronto comenzaron a llegar indígenas en sus piraguas que compartían nuestro mismo destino: las celebraciones de Mogue y que, conociendo la política de solidaridad y amistad de Jaime, que hizo posible la construcción del Pájaro Jai, amarraron sus ligeras embarcaciones al velero y lo abordaron para hacer la travesía sobre cubierta. Unos colocaron sus hamacas y otros aprovecharon los colchones ofrecidos por el anfitrión. Han tenido que ser cerca de cincuenta en total, entre varones, mujeres y niños.
Cuando zarpamos de La Palma a las 11 de la noche, bajo el mando de Jaime, la luna llena iluminaba el mar en todo su esplendor, mientras un grupo de delfines se apareció de lado y lado para escoltarnos en la salida. El Pájaro Jai navegaba con su motor diesel sin desplegar sus velas, porque éstas estaban en mantenimiento, luego de su viaje inaugural por el Caribe y Estados Unidos.
Como quiera que el mundo del transporte marítimo en el Darién depende de las mareas, había dos itinerarios para subir por el río hasta Mogue. Podíamos aprovechar la marea de las 2: 30 de la madrugada o la de las 2: 30 tarde, en ambos casos usando piraguas debido a los diez pies de calado del velero. Permanecimos anclados a prudente distancia de la entrada del estero hasta que llegó nuestra marea pero cuando emprendimos la travesía, nos tuvimos que regresar porque el Pájaro Jai estaba mal anclado para hacer frente a la marea baja y debía ser reubicado. Regresamos al barco y comenzamos a buscar un sitio seguro en aquella plataforma continental de poca profundidad, aún con marea alta, y en las maniobras, tuvimos la mala suerte de encallar en un banco de arena. Luego de varios intentos con marcha para adelante y atrás, el motor era incapaz de movilizarnos. Los marineros se hicieron de la piragua y sacaron el ancla para reubicarla en diferentes puntos a fin de ver si entre la corriente y el motor, salíamos de aquel atolladero, pero todos los esfuerzos resultaron inútiles. Tendremos que esperar una hora más hasta que la marea termine de subir para poder liberarnos, nos anunció el capitán; y así, con resignación, se suspendieron las tareas hasta que el velero logró liberarse gracias a la marea.
Puesto a buen recaudo el Pájaro Jai, nos volvimos a enrumbar por el estero durante cuarenta minutos atravesando unos espectaculares manglares y por cauces cada vez más estrechos, poblados de peligrosos troncos que hacían difícil la navegación aún en aquella angosta piragua. Y pensaba yo anticipadamente, cómo sería el retorno con la marea de las 3: 30 de la madrugada, en plena selva y oscuridad. La vegetación era tan densa que aún a plena luz del día, en ciertas partes del río privaba la oscuridad.
En nuestro curso río arriba, nos sorprendimos cuando nos topamos con una lancha que bajaba con un buen número de turistas que venían de hacer ecoturismo. Era una embarcación amplia y con techo para proteger a sus pasajeros del fuerte sol que nos azotaba aquella tarde. Finalmente, llegamos al embarcadero de Mogue alrededor de las cinco de la tarde, donde nos esperaba una comitiva de adultos y niños para cargar las provisiones hasta el pueblo que quedaba a diez minutos a pie pero por senderos amplios y cómodos.
Al entrar a la comunidad, apreciamos las típicas casas construidas de caña blanca y con dos niveles para protegerse de las alimañas y de demás peligros de la selva. Techos de paja y estructuras poco cerradas para asegurar la ventilación a costa de la privacidad. Todas parecían tener solamente áreas sociales y ninguna recámara. Entre las pocas edificaciones de concreto y techos de zinc, estaban la escuela y el centro de salud que albergaba, igualmente, un pequeño puesto de policía. También de concreto, habían habilitado dos inodoros de hueco en el medio del pueblo, para uso público. Una pequeña cancha de baloncesto con piso de concreto, era la pista de baile frente a la tarima musical improvisada, donde pronto comenzaría a tocar el conjunto del pueblo con sus tambores y flauta, la música tradicional del Emberá. Junto a la pista de baile, se ubicaba, estratégicamente, la cantina administrada por la comunidad en manos de mujeres que llevaban una contabilidad meticulosa para rendir cuentas de las ganancias de la actividad, que serían luego invertidas en proyectos comunales aprobados en consenso. La fundación Pájaro Jai estaba aportando a costo, todas las provisiones, incluyendo el segundo conjunto traído especialmente y que debería comenzar a tocar música típica interiorana a partir de las doce de la noche y hasta las seis de la mañana, para satisfacer la demanda de la juventud de la comunidad, ya aficionada al baile típico que tanto atrae y entretiene en todo el interior del país. Algunos la conocen en Mogue como música chorrerana. Se trataba del conjunto de Saviano Bacorizo, integrado íntegramente por músicos cien por ciento Emberás que tocaban a la maravilla la música de Nenito Vargas; y que próximamente estaría tocando en la comunidad de Sambú, según anunciaron por los altoparlantes.
Al iniciar nuestro recorrido por la comunidad, nos topamos con una de las primeras actividades de las festividades: la competencia de pilar arroz. Siete mujeres de distintas edades, debidamente ataviadas con sus cuerpos y rostros pintados, se aprestaban a iniciar aquella tradicional competencia. Cada una tenía un mazo y un pilón frente a sí y una cantidad similar de arroz sin pilar para acometer el trabajo. Un animador con megáfono en mano, daba las instrucciones, y una buena cantidad de curiosos, entre adultos y niños, incluyendo las barras de cada competidora, hacía un círculo irregular que se iba apretando a medida que se iniciaba un curioso conteo del uno al cuatro para el inicio de la actividad. El evento duró veinte minutos, incluyendo dos extensiones de cinco minutos para asegurar que todas habían podido desgranar suficiente cantidad de arroz. Fue un esfuerzo intenso y violento en el que muy pocas veces se detuvieron a tomar aire, y en el que los familiares tuvieron que sacar camisas para abanicar a sus mujeres que disimulaban muy bien su agotamiento, frente a constantes llamadas de atención al público para que ampliaran el círculo para facilitar la respiración a las competidoras. Finalmente, tres ancianas de la comunidad calificaron quién había sido la ganadora, en un resultado bastante estrecho, en el que descubrí que en Mogue cultivan dos tipos de arroz: uno blanco y uno que llaman colorado, considerado un poco más duro pero con mejor sabor más porque de las siete mujeres, solamente una pilaba arroz blanco.
Luego, vino la competencia de arco y flecha en la cancha de fútbol, en donde cuatro arqueros en tapa rabo y con el cuerpo elegantemente pintado, se enfrentaron con tres oportunidades cada uno. Me llamó la atención las flechas que usaban de casi cinco pies de largo. Igualmente, el animador con el megáfono, presentaba a cada arquero, uno de ellos, miembro de la primera expedición que hiciera el Pájaro Jai.
Luego nos tocó cumplir nuestra promesa de hacernos pintar por las artistas de la comunidad. Lucas e Ivenuel se pintaron tanto en el pecho como en la espalda, cada cual con sus diseños favoritos. Irene se pintó un modesto brazalete en una muñeca y yo me decidí por algo más agresivo como fueron los hombros y el pecho. Tuvimos que andar casi una hora sin camisa hasta que se secara la tinta azul oscuro de origen vegetal y que dura cerca de diez días impregnada en la piel como un tatuaje.
El resto de la noche la aprovechamos para bailar con nuestros hermanos indígenas al son de la música tradicional, tomar algunas cervezas y comer carne frita de res con arroz colorado por invitación de Leonardo Teocama (alias Bolongo), hasta hace poco el cacique de la comunidad, e invitado especial en el viaje inaugural del Pájaro Jai. Nos contaba Bolongo sobre los huracanes y tornados que le tocó superar en el velero y en los que al principio, temió por su vida, pero que luego con orgullo, pudo apreciar cómo el diseño de aquella embarcación hecha con manos panameñas, se portó a la altura de las circunstancias, pudiendo llegar a caminar en cubierta en plena tempestad sin temor a naufragar. Las 30 mil libras de plomo de la quilla, mantenían serenito al velero surcando el mar con confianza en una sola dirección y sin bamboleos laterales.
Las poderosas bocinas del conjunto típico continuaron retumbando sus melodías hasta mucha distancia a la redonda, y así nos dimos cuenta cuando logramos atravesar el oscuro sendero a la salida del pueblo y nos encaminamos a las 3 de la mañana al embarcadero para regresar a nuestro punto de partida. Vale decir que no fue necesario usar ninguna linterna para iluminar el camino, gracias a la luna llena.
Otra sorpresa más preocupante fue que en el embarcadero había dos piraguas, una de ellas con motor pero ningún motorista para transportarnos como se había arreglado. Todos brillaban por su ausencia. Esperamos unos minutos hasta que Jaime se decidió por regresar al pueblo a buscarlos pero no podíamos disimular nuestro escepticismo por las probabilidades de que a esa hora de la madrugada encontraran a alguien sobrio y con voluntad de abandonar las festividades, como quien dice, en lo mejor del baile, para atender la logística de nuestra partida. Pero ante nuestra nueva sorpresa, Jaime regresó con dos muchachos, uno de ellos cargando al hombro un motor de 15 caballos, para usar una de las piraguas. ¿Para qué traen otro motor si estas piraguas tienen motor? -pregunté. -El motor de esa piragua es de otro proyecto y no se puede usar- fue la respuesta. -El que puede usar el Pájaro Jai es éste que he traído del pueblo. ¡Qué honestidad en el manejo de los recursos de la comunidad! ¡Qué ejemplo tan digno de aquel pueblo que se jacta de ser Emberá cien por ciento! Me sentí orgulloso por los valores que defienden hasta en los momentos más difíciles de tomar ese tipo de decisiones.
Con ese orgullo, nos embarcamos de regreso con un motorista y un guía en la popa, río abajo, sorteando, a baja velocidad y al amparo de la luna llena, los troncos que impedían nuestro paso hasta el mar, donde nos esperaba el Pájaro Jai para concluir nuestra pequeña aventura.
Qué experiencia aquella y qué contentos nos sentíamos de tener amigos como Jaime que querían tanto a Panamá y a nuestros hermanos Emberá. Lo envidio cuando oigo sus planes de zarpar en mayo para Europa y hacerse presente en la Copa de América de Valencia que reúne a los principales veleros del mundo, y donde el Pájaro Jai aprovechará la oportunidad de ser vitrina del ingenio y artes de los panameños. La galera donde se construyó el velero, será utilizada para producir muebles en escala con maderas preciosas como las que luce el barco y con equipos operados por manos panameñas, reemplazando las tradicionales artesanías de Tagua que generan ingresos de subsistencia. Un mejor futuro, desarrollando capacidades para satisfacer necesidades en un mundo globalizado.
Para mayor información, visiten el sitio: www.pajarojai.org


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272833
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América