Alguna vez me he puesto a pensar en pintores como Modigliani, Van Gogh, Gauguin, y poetas como Bécquer, Barba Jacobs, Dino Campana y Sandro Penna, que vivieron siempre al borde de la miseria y creyeron siempre que podían sobrevivir así como los pájaros que no trabajan y amanecen cantando y los lirios del campo que la naturaleza los viste con singular belleza. Dino Campana, cuyo destino de vagabundo es recordado por sus comentadores, solía ir por las calles, pobre y alucinado, ofreciendo su librito de versos a los transeúntes y los contertulios de los cafés citadinos. Aquí en Panamá, tengo muy cercano el recuerdo de la figura del pintor Isaac Benítez que siempre, sencillo y pobre, caminaba apurado y ligeramente inclinado como si meditara observando la calle, hasta entrar al Café Coca Cola, y sentarse conmigo para la celebración de la tacita de café cotidiano que constituía la fuente del saber y el placer de la conversación de sobremesa de tantos personajes de café. Existe, pues, toda una historia alimentada por esos artistas que nunca tuvieron un céntimo en sus bolsillos y cuando, por obra del azar y la buena suerte, se agenciaban una pequeña suma de dinero, no tardaban en gastarla brindando por la felicidad. Muchos de mis amigos poetas han vivido difícilmente y han transitado por la vida echando mano a distintos malabarismos y haciendo uso de la magia de la palabra que es más genial cuando se tiene hambre.
En estos días, tropecé con una gran cantidad de papeles, cajetas llenas de revistas y cartapacios con recortes de periódicos que se han acumulado a través de todos estos años y mientras revisaba aquel material que todavía pudiera interesarme y podía servirme, mi curiosidad se detuvo en una revista HAOMA fechada en el año 69 cuyo director era el poeta venezolano Andrés Boulton Figueira de Mello, un gurú de la poesía mística y existencial de Latinoamérica, al que tuve el extraño placer de conocer personalmente cuando vino invitado por el poeta Roberto Fernández Iglesias a un cónclave poético hispanoamericano. Pues bien, de pronto descubrí en la mencionada revista una carta que mi amigo el pintor Alvarado le dirigió en esa época al singular poeta venezolano. Como considero que se trata de un documento que pudiera tener un interés cultural y humano, transcribo la carta que el pintor panameño escribió tal vez en circunstancias difíciles e insalvables en aquella época:
A Boulton F. de Mello
Revista Haoma
Caracas, Venezuela.
He visto tu revista en la casa de Roberto Fernández Iglesias, me ha entusiasmado montones y me gustaría recibirla. Yo soy pintor, nunca vendo un cuadro, por eso no puedo suscribirme, ahora bien, si en el presupuesto de la revista hay un renglón de dádivas para los pintores empobrecidos… acuérdate de mí. Aquí te va un cartel de mi próxima exposición que se ha suspendido por el golpe militar que nos ha deparado el destino para nuestra diversión y contento. Todo lo que yo pinto es abstraccionismo, con base, según yo creo, en los rituales eróticos, místicos y extraños, para nosotros tropicales; aunque también algunos collages más en la onda interplanetaria.
Mi problema es que en Panamá nadie compra cuadros, excepto uno que otro bodegón de manzanitas para regalar a los recién casados de la “High”; ya están a punto de botarme de la casa donde vivo por defectos en el pago de alquileres y si no expongo pronto las ratas se almorzarán los cuadros que tengo en el estudio que me prestan. Espero tener la revista pronto: Fdo. A. Alvarado