”¿Por qué te avergüenza nombrar lo que el Señor no se avergonzó de crear?” Clemente, Obispo de Alejandría
Me contó Tito Piedra que una vez un ratón perdió la vida por comerse un rabo. Un chiste con moraleja. A los hombres nos pasa algo parecido: por un gran hueco arriesgamos la vida. Si te pasa, debes pensar seriamente en librarte de ese hueco.
Hay huecos inofensivos, incapaces de causar daño. Huecos pequeños, nada profundos, tan secos que piden perdón por su existencia. No son traicioneros ni exigen grandes gastos. Diría que son huecos zalameros. Pero hay otros. ¡Huecos terribles, malvados y traicioneros! Si caes en uno, pobre de ti.
Los años me han enseñado a temer esos huecos hipócritas, húmedos, profundos, capaces de dejar traqueteando tu esqueleto por mucho tiempo.
En mi juventud no evité los huecos grandes. Una y otra vez caí en ellos. Escapaba y volvía a caer. Sin duda la juventud tiene algo de masoquista. Con los años se aprende a evitar el sufrimiento. Sin embargo, no hay canas ni sabiduría que elimine los huecos grandes de tu camino.
Caí en huecos tan grandes que no puedo olvidarlos. Pasados los costos físicos, morales y económicos me acuerdo de esos enormes huecos con cierta ternura. Pero no quiero volver a caer en ellos.
Hay huecos que parecen estar ligados a tu destino. ¿Qué lector negará esto?
Cinco huecos suculentos y pecaminosos, me persiguen con saña sin igual. ¿Pensarías que es mentira si afirmo que esos huecos y yo tenemos más de veinticinco años de relaciones? Y eso que han pasado muchos hombres por esos huecos. Hombres rudos que, en pandillas, han tratado de taparlos... inútilmente.
Y ya ves, gozo recordándolos. Por uno de ellos, el más grande, casi pierdo la vida anteayer. Regresaba a mi casa tras una deliciosa estadía de ocho horas en la ciudad que más quiero, Panamá, cuando ya en la última curva que conduce a mi casita de Las Cumbres, un irresponsable sujeto, por evitar meter su aparato en tamaño hueco, se salió de su paño y se me vino de frente. A duras penas lo esquivé. En vez de ponerme a maldecir –cosa que saca más canas– me puse a meditar en estos tenaces e inmortales huecos.
Son cinco en fila india, que “salen”, aunque los rellenen, entre la urbanización El Rocío, y la salida de Villa Zaita. Punto.
AVISO: esta “Casta introducción” a mi “Teoría sobre los huecos indecentes” la preparo por si se les ocurre invitarme a hablar en la próxima Feria del Libro.