Empecé a saborear mi emparedado de queso derretido. Quedé en ese estado angelical del no pensar, dedicado al solemne acto de masticar. Las papilas, alertas, gozaban a plenitud del cheddar en pan tostado.
Interrumpió mi beatífica ingestión una mota de polvo que hacía malabares por los intocables trapecios del aire. Se hizo visible por los rayos dorados del esplendor mañanero. Era una Daikini, minúscula bailarina del aire. Aterrizó delicadamente en el escritorio donde desayuno, sobre los Ensayos de Montaigne. Quise volver a la realidad del queso. No pude. ¿De dónde vino esa mota de polvo? ¿Cómo se coló entre la tela metálica? ¿Entraría campante por la puerta del estudio que dejo abierta para que el mundo no quede fuera de mis reflexiones? Sea como sea, ahora forma parte de mi entorno. No reniego de ella, yo también soy una mota de polvo, con la desventaja de estar más atado a la tierra por la ineludible fuerza de gravedad, mientras ella puede reiniciar su danza al soplo de la más ligera brisa. Ah, me consuelo, yo la supero en un asunto importante: tengo más libertad. Mi albedrío sólo obedece a los deseos de mi voluntad; ella está sujeta a las veleidades del impredecible Eolo. Ja, eso te crees tú, me respondo. Mi libertad, además de vana soberbia, es un mito, un sueño, una metáfora.
Antes de aparecer la mota de polvo, me sentía libre para concentrarme en el insistente sabor del queso. Mis planes eran liberar mi espíritu durante la rutinaria mecánica del masticado. Había decidido no pensar en nada, ni siquiera pensaría que no quería pensar; me abandonaría al ejercicio somático sin ninguna complicación; bajaría cada bocado con lentos sorbos de jugo de papaya, y dejaría caer un par de gotas en la reglilla plástica que es donde comparto mi desayuno con “Gratia” –la lagartija que me acompaña todas las mañanas–. Eso quería hacer, y lo estaba haciendo, sin que interviniera meditación alguna. Domados, casi invisibles, los potros del pensamiento contenían sus relinchos cuando, en eso, vi descender, de ningún cielo, la mota de polvo….
¡Anda, termina tu desayuno y vete al Carnaval!