- Beto, vamos al jardín. Yo quiero regalarte algo muy lindo hoy, que es tu cumpleaños.
- ¿De verdad, abuela? ¿Qué me vas a dar?- dijo el niño.
- Bueno, - le contesté- hoy tú has alcanzado algo especial, porque cumples cinco años de edad. Si colocas un año en cada dedo de una de tus manos, la tienes toda ocupada.
- ¡ Vaya!, no lo había pensado. - exclamó Beto.
Cuando llegamos a la vereda, preguntó:
- Abuela, ¿dónde está el regalo que me has prometido? Yo dirigí un dedo índice de mis manos hacia el cielo. Beto y yo contemplamos por largo rato las magníficas constelaciones que lo adornaban. Entre ellas, rodeada de fulgor, se veía a Venus que estaba esplendorosa.
- Mira Beto - le dije- Ahora tú tienes que elegir una estrella. Me señalas cuál es la que quieres. Yo diré unas palabras mágicas y entonces esa será, para siempre, tu estrella.
Beto empezó a cantar y a bailar a mi alrededor, mirando hacia el firmamento. De pronto se detuvo, y señalando hacia el cielo me dijo: - ¡Esa es la que yo quiero!
- ¿ Cuál? ¿La estrella grande que brilla mucho?- le dije.
- Oh no, abuela, no- respondió. Yo quiero que me regales la chiquitita esa que me guiña los ojos, como tú lo haces cuando me miras. ¿Por qué pasa eso?
Lo estreché contra mi corazón, y al compás de sus latidos le dije:
- Beto, tu estrella y mis ojos titilan, porque están llenos de amor.