Al final, estábamos en lo cierto quienes pensábamos que la pelea entre Oscar De La Hoya y Manny Pacquiao sería una farsa. Sin embargo, el acierto se dio por las razones menos pensadas. Pero, ¿quién se iba a imaginar que el filipino pelearía solo, como si se tratara de una sesión de sombra en su gimnasio de Los Ángeles?
Todos los análisis previos daban cuenta de la enorme diferencia de tamaño físico a favor de De La Hoya, lo cual sería suficiente como para vencer a Pacquiao. Claro, siempre y cuando la pelea se diera en condiciones normales. Pero eso no sucedió.
Porque el Oscar De La Hoya que subió al cuadrilátero de Las Vegas fue, simplemente, una burla, una caricatura patética de sí mismo.
Sosteníamos en nuestras columnas previas que Oscar había dejado una pésima imagen en su última presentación, en mayo pasado, ante Steve Forbes, cuando lució casi como un ex boxeador resucitado.
También decíamos que el hecho de tener que rebajar tanto peso para enfrentar a Pacquiao podía costarle muy caro. Y así fue.
Porque esta vez el "Golden Boy" lució como uno de esos jornaleros que se suben al ring con el único objetivo de poder resistir tanto como puedan y así ganarse sus dólares.
Lento, sin reflejos, débil, desorientado, sin distancia y, lo más preocupante, vacío de espíritu, De La Hoya prácticamente no lanzó golpes en toda la noche (no se confíen de las ridículas estadísticas que presenta Compubox) y se convirtió en un saco de entrenamiento para el gran Pacman, que le pegó a voluntad durante los ocho asaltos.
Una verdadera vergüenza que Oscar se haya subido en condiciones tan malas, teniendo en cuenta la envergadura que él mismo y su compañía promotora le habían dado a este combate, al punto de presentarlo como "la pelea soñada".
No intentamos quitarle méritos a Pacquiao, quien llegaba a este combate como el mejor libra por libra y con varias hazañas sobre sus hombros. Pero está claro que al filipino simplemente le alcanzó con hacer lo de siempre para imponerse. Nada del otro mundo.
Lo cierto es que la mayoría de nosotros se equivocó en las predicciones sobre el resultado de la pelea, justo es admitirlo. Sin embargo, a la postre terminamos siendo testigos de una farsa, de todos modos.