En los inicios de la Copa América que concluyó hace poco vimos a algunas selecciones que jamás consiguieron ser protagonistas del fútbol mundial. Ni siquiera en la América de sus orígenes, pese a que contaran con buenos jugadores que han conquistado el fútbol europeo. Además de los equipos ubicados en la línea ecuatorial o bajo de ella, hubo dos invitados que a mi entender no tienen relación alguna con esta parte del continente.
Es más: fueron tratados con algún desprecio por su condición de forasteros. Felizmente reaccionaron de la misma manera. De hecho, nunca conseguí entender por qué no pensaron en una fórmula lógica para englobar solo a los países de América del Sur sin que el torneo quede, digamos, torcido y sin identidad. Como, por ejemplo, dos grupos de cinco equipos, jugando entre sí, con los dos primeros clasificándose para las semifinales.
Pero dejemos eso ahí, pues otros intereses, menos culturales, resultaron más importantes.
Excluyendo a los invitados, tuvimos diez participantes aunque pocos se sintieran realmente competidores. Es el caso de Venezuela que jamás había estado en una semifinal de la competencia. Junto a los venezolanos podríamos poner a Perú, Bolivia y Ecuador entre aquellos que tenían poca o ninguna posibilidad.
Cuando empezó el torneo vimos que pese a la buena voluntad de los atletas, el nivel técnico estaba por debajo de lo que se esperaba, empezando, principalmente, por los dos grandes del continente: Brasil y Argentina.
Dado el equilibrio resultante de esta realidad crecieron las posibilidades de que otras selecciones superaran el límite de lo imposible y favorecieran el surgimiento de algunas buenas sorpresas que ahora acompañaremos.
Se trata de un resultado absolutamente merecido para un equipo que no tuvo competidores, Uruguay.