Cuando se produce la resaca, la bajamar del capital, no hay dique, ni cerebros que la contengan. Los dólares se cuelan por entre las grietas de los grandes contenedores bancarios y se escapan ¿adónde? Vaya y pregúntele a Madoff, o a Greenspan, o a los risueños tocadores de campana del solemne salón de Wall Street.
La pirámide no es invención de Madoff ni de Murcia, antes que ellos un tal Ponzi puso a los ingenuos a escalarla, con lo que otros jugadores salieron a la calle con la firme convicción de que todos los días encontrarían a un idiota con ganas de invertir.
Pagar altos intereses a los viejos inversores con la plata fresca de los nuevos inversores, produce en el público una sensación de premura (que es la acertada percepción de algunos) para invertir ellos. Y lo hacen. Y con suerte llegan a cobrar los primeros dividendos, pero a la larga, el crecimiento de la base piramidal no da para todos (excepto para el que está en la curumbita), entonces es la hora de la partida y ocurre el inevitable derrumbe. Todo esto lo repaso nada más para darme a mí mismo la explicación de cómo el dólar llama al dólar. De cómo el sólo dinero puede hacer más dinero sin fuerza obrera.
Ah, pero la simbiosis de trabajador y empresario es algo más real, no es cuento de hadas. Desde el inicio de la revolución industrial está sacudiendo y alimentando a dueños, asociados; a obreros, intermediarios y oficinistas. Aunque tiene también sus bemoles, que son más sonoros. En tiempos de cambios bruscos (de todo: temperaturas, modas, gobiernos y precios), los economistas nadan a la deriva. Todos quedan con los ojos cuadrados cuando se desata una crisis en la bolsa o en los mercados. Búsqueme a uno que explique bien qué es lo que pasa. Los hombres de corcho flotan. A pesar de pérdidas récord, el presidente de Ford Motors, Alan Mulally, ganó 13,6 millones de dólares en 2008. La ganancia incluye dos millones que percibe en concepto de salario, más opciones sobre acciones a largo plazo. Ford informó increíbles pérdidas de 15.000 millones de dólares para 2008, pero en el 2009 tiene suficientes reservas de capital disponible para sobrevivir.
El verde corazón del dólar tiene sus favoritos. Más le valdría repartirse con justicia porque Marx no deja de susurrar desde el fondo de los bolsillos vacíos.