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Utilidad de los talleres literarios

Para que haya éxito debe darse una dinámica de trabajo efectiva y, obviamente, un conocimiento profundo y auténtico del quehacer literario por parte del conductor del taller.


Escribir es un oficio arduo pero maravilloso. A veces, cuando el talento se junta con la tenacidad en pos de la perfección, puede llegar a ser un arte. Para ello es necesario que exista de antemano una creatividad profunda y una sensibilidad a flor de piel, además de intuiciones agudas y una sabiduría acumulada, que básicamente viene de la experiencia vital y de las buenas lecturas. O sea que el talento nace. Todo lo demás es carpintería, práctica permanente, indomable voluntad. Es decir, el estudio y la ejercitación constante en la escritura, ayudan a configurar por el camino ese talento innato que acaso sólo haga falta moldear.

Sin duda, el haber estado en talleres literarios estimulantes, o en el Diplomado en Creación Literaria que desde 2001 se ha impartido en la U.T.P., significa transitar por atajos que lamentablemente no todas las personas que empiezan a escribir en Panamá han podido aprovechar. Y esto es así, porque si bien la mayor parte de los buenos escritores de todos los tiempos se han formado solos, no cabe duda que la discusión exigente de los textos ajenos y propios, que estas instancias docentes propician y producen, es una oportunidad invaluable para el ejercicio de la crítica y la depuración de la obra personal. Pero hay muchas razones para no poder o no querer someterse a los rigores de ese tipo de convivencia intelectual grupal, que entre otras cosas exige tiempo, disciplina y permanente capacidad de autocrítica.

Por supuesto, ningún taller, ningún curso, ninguna tertulia literaria puede, desde afuera y por sí solo, suplir la existencia previa en sus miembros, de un talento puro y llano. Pero no cabe duda que donde hay creatividad y se le encamina, puede surgir una obra que con el tiempo --corto o largo-- se torne respetable. Muchas veces lo que se echa de menos es, precisamente, esa primera oportunidad de poner sobre la mesa de discusión lo creado, someterlo a debate, ponderar con respeto, pero con rigor, sus virtudes (si las tiene) y defectos a juicio de los integrantes del colectivo, y finalmente decidir el autor con qué sugerencias o recomendaciones quedarse y cuáles desechar. Y, claro, para que haya éxito debe darse una dinámica de trabajo efectiva y, obviamente, un conocimiento profundo y auténtico del quehacer literario por parte del conductor del taller, además de una mínima capacidad pedagógica de su parte. Es decir, quien lo dirige o coordina debe ser, en principio, un buen escritor, un creador respetado; y también un buen maestro, orientado a captar y extraer de cada participante sus mejores cualidades literarias, exigiéndole trabajo constante, cierta disciplina y, a la larga, una buena dosis de autocrítica.

 

 

A menos que se trate de un grupo integrado por personas experimentadas en el oficio narrativo, prefiero la noción de "seminario-taller", a la de un simple "taller". Porque a mi juicio es fundamental que se explicite a los cuentistas en ciernes, tanto la existencia de un componente teórico ??"una serie de juicios de valor, de actitudes, de conceptos, de conocimientos adquiridos, y la escenificación de experiencias literarias específicas--, como la necesidad además de propiciarse la usual dinámica de producción de textos por parte de los participantes (ya sea mediante ejercicios en clase o a manera de tareas específicas asignadas), cuyos resultados después serán sometidos colectivamente a escrutinio. Y como suele ocurrir en estos menesteres, hay dos formas de hacerlo: a) Partir de la teoría para luego aplicarla en la escritura de textos creativos; b) Empezar directamente con la creación de textos individuales para luego, en la medida en que sea necesario o aconsejable, teorizar acerca de los aspectos concretos que hayan surgido en los textos.

La creación literaria no es una ciencia, por lo que no obedece a un conjunto de reglas rígidas y por tanto inamovibles; pero sí presupone una serie de conocimientos que no es aconsejable obviar cuando se está en el proceso de aprendizaje del manejo de la escritura, en la construcción de textos que tengan sentido y un anhelo de permanencia. Y lo interesante es que no se puede hablar de las "normas" y los procedimientos afines al cuento o la novela si antes, o al mismo tiempo, no se habla de diversos aspectos de la vida. Porque resulta que la experiencia humana ??"tanto la individual como la colectiva (la que rige a las sociedades)??" es precisamente el principal nutriente, a menudo el único, que alimenta a las historias que suceden en esos textos que un ser humano ??"su autor-- ha creado queriendo comunicar su visión de mundo a otras personas (los lectores). Así que hablar de las características de un cuento ??"su tema, su trama, sus personajes, su ambiente, su lenguaje, sus técnicas narrativas, etc,-- implica en algún momento situar la discusión en determinadas maneras de enfocar la vida y sus peripecias, ya que si algo debe ser una historia, por más fantasiosa que sea, es verosímil.

 

Un taller de cuento supone que hay material para discutir: éste, en una etapa inicial, puede estar formado por cuentos de autores ajenos a los talleristas (a veces escritores connotados); otras veces, puede tratarse de textos breves o fragmentos, asignados por el conductor del taller a manera de tareas formativas para ejercitarse en determinados aspectos o recursos propios de la narrativa (desde simples ejercicios diversos para desarrollar o "soltar" las raíces anquilosadas de la creatividad, hasta la aplicación de temas y técnicas específicas); pero principalmente, suelen presentarse cuentos de diverso tipo escritos por los miembros del taller, los cuales serán objeto de análisis y susceptibles de recibir juicios de valor (críticas) y, también, sugerencias para su mejoramiento.

Cuando se discuten cuentos que son de la autoría de los miembros ??"en realidad este es el principal propósito de un taller, la verdadera justificación de su existencia-- , hay que estar preparados para escuchar críticas severas y puntos de vista diametralmente opuestos a los propios. En ese proceso de "tallerear" los textos ofrecidos a la consideración, tanto quien critica como quien recibe esa crítica debe estar predispuesto a exigir y exigirse el máximo rendimiento, y por tanto a buscar la perfección (aunque ésta no sea nunca del todo posible). No se valen veleidades literarias o personales, excusas ni pretextos para la falta de rendimiento.

Aunque cada taller funciona de acuerdo a los criterios y a la metodología docente de quien los dirige, unos y otros tienen generalmente estos procedimientos en común. En todo caso, lo importante es mantener en todo momento el respeto y la tolerancia hacia la forma de pensar y de escribir de los demás; empeñarse cada quien en producir textos que estén a la altura de sus capacidades; y tratar de aprender de las críticas (constructivas, no destructivas) que expresen los demás y el coordinador del taller.

 

El objetivo final no es más que tratar de encontrar una voz propia al escribir, un estilo personal, y así llegar a ser consecuente con las necesidades humanas y artísticas individuales, sin aceptar nunca la imposición de una ideología o una estética ajenas. Si un taller literario no cumple con esa función casi elemental, si en determinado tiempo (que, por supuesto, varía: a mi juicio no se puede obtener beneficios artísticos e intelectuales antes de dos o tres meses de trabajo sistemático, al menos una vez por semana) la mayor parte de los participantes no termina lográndolo, así sea sólo en parte, sin duda habrá fracasado. Y la culpa puede ser tanto del escritor-director del taller, como de determinados talleristas, por falta de método o simplemente por incapacidad literaria.

(Tomado del libro en preparación: "Por obra y gracia: Hacia una poética del cuento").


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377716
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América