Papagayos, ruiseñores,
que cantáis en la alborada
llevad nueva a mis amores
cómo espero aquí sentada.
Fernando de Rojas
Y le dio por vivir la vida loca, y loco lo volvieron, dejó mujer e hijos, dejó años de amor, hogar, camino recorrido, la alcoba, el pan y la sal. Dejó a su pareja de toda la vida y se fue a acurrucar en otras sabanas que llamó más nuevas.
Su mujer, que bien le conocía -no por gusto lo había acompañado, ¡qué digo acompañado!, lidiado por más de 20 años, tres meses, dos semanas y cuatro días - y que era sabia en el arte de vivir, calculó dos meses para verlo tocando a su puerta. Pero se equivocó, el alboroto le duró algo más.
Esos meses les complicó la vida a ella y a sus hijos. Les cortaron la luz, el agua y el teléfono, si acaso tenían para pagar la renta y comer. Y ni hablar de los chiquillos, a esos, incluso, les sacaban al pasillo de la escuela a la hora de un examen, porque no estaban al día con las cuotas escolares.
Así que el sufrimiento era lo que abundaba. La animadversión por la falta de solidaridad, de reconocimiento, de respeto, y las promesas rotas, el compromiso traicionado y el desamor, a pesar de subir y bajar la cuesta juntos, de sudar como una sola frente, de cargar las mismas cruces que depara la vida, minan a cualquier, ¡cualquiera!
El amor traicionado se convirtió en vino amargo, adobado por aquella casa vacía de hombre y una profunda impotencia. Esa casa de profundas heridas y soledades era un sitio insufrible y destrozaba, destrozaba, destrozaba. Pero una tarde –tarde insospechada-- tocaron a la puerta y ella abrió. Él solo dijo: - Perdón, ¡me equivoqué!...
Ella lo miró sorprendida y le dio un bofetón cuyo sonido subió las escaleras del edificio hasta llegar a la azotea, y luego de insultarlo con todas las diatribas que conocía, hasta que ya no le quedaron energías para gritarle más… lo dejó entrar.