Más de medio siglo ha pasado y las fuerzas insurgentes en Colombia y el Estado no han podido llegar a un acuerdo definitivo para concertar la paz, pese a los múltiples intentos.
Esta semana, con motivo de los diálogos del proceso de paz que se han realizado en La Habana desde finales de 2012, las partes llegaron a un acuerdo sobre combatir juntos el cultivo y la comercialización de drogas ilícitas, lo cual se suma a otros pactos parciales sobre la reforma agraria y la participación política.
Todo esto con la cercanía de las elecciones que tienen pulseando a las fuerzas de Álvaro Uribe con las del presidente Juan Manuel Santos.
Aunque son signos alentadores, no se puede descartar la posibilidad de que en el camino se produzcan tropiezos que den al traste con las gestiones que se han dado hasta ahora, pero es rescatable que las partes en oposición cada vez encuentran más razones para dialogar y poner las armas en reposo.
Y no se trata de que alguien renuncie a sus aspiraciones ni de que resulte un vencedor al final del proceso, sino de que la realidad y el tiempo demuestran que los métodos de lucha deben pasar por un proceso de maduración, el cual implica abandonar el campo de batalla y sentarse en torno a una mesa para hallar puntos de encuentro e intereses en común.
Tomamos como ejemplo el caso colombiano por su cercanía y actualidad para compararlo -proporciones guardadas- con los mecanismos de resistencia de ciertos sectores gremiales de nuestro país que insisten en emplear métodos de lucha trasnochados.
En su afán de medir fuerzas no toman en consideración las afectaciones a terceros, la alteración del ciclo normal del desarrollo comercial del país y, muchos menos, las incomodidades que causan a la ciudadanía que, hastiada de tanto abuso, ya no se fija en el fondo de la protesta, sino en la forma.
Insisten en equivocar el patrón de lucha. Torpemente convierten una causa justa en una aparente vendetta y las consecuencias las sabemos: irregularidad en la atención a los estudiantes, pérdida de tiempo y recursos y, sobre todo, una antipatía nacional.
Les ha tomado casi medio siglo a un sector de los colombianos entender que la razón de la fuerza nunca será más poderosa que la fuerza de la razón y que en las relaciones humanas es más válido convencer que vencer. Ojalá aquí no llegamos a esos extremos por culpa de un grupo minoritario que no termina de comprender este axioma.