Aunque la actividad hípica no está y nunca ha estado entre las prioridades estatales, eventualmente se esperan algunos cambios, por lo menos en los puestos que están bajo la égida de la Junta de Control de Juegos, que es la que regenta todo lo relacionado con la industria hípica.
En esos cambios –que pudieran darse tarde o temprano- siempre es foco de atención el Cuerpo de Comisarios, que para bien o mal, su trabajo está expuesto de manera permanente al escrutinio de la opinión pública, lo cual los ubica en una posición vulnerable.
Críticas sobre el actuar de los comisarios siempre habrá y quien lo dice ha estado en la primera fila cuando de fiscalizar el desempeño de estos “jueces de la hípica” se trata, porque como hemos anotado, al ser público su trabajo e incidir directamente en el resultado de las carreras, se requiere de fallos cónsonos con lo que se ve en la pista y, sobre todo, en apego al Reglamento de Carreras.
Durante los últimos cinco años el trío que ha estado administrando justicia hípica ha tenido sus altas y sus bajas. En su primera etapa fue muy obvio que no conocían en detalle la reglamentación y su aplicación, pero sobre la marcha se fueron ajustando. Varias veces hubo cambios en la composición del equipo, pero en esencia se mantuvo a la mayoría de sus integrantes.
Si nos pidieran que evaluemos su labor, diríamos que no fue la mejor, pero hubo tiempos peores.
Su mayor flaqueza fue haber carecido de un criterio uniforme en sus fallos y haber dejado que se siguiera relajando las horas de partida y el proceso de ubicación de los animales en el partidor automático.
Ahora, toca mirar hacia adelante. Y la pregunta del millón es ¿cuál debía ser el perfil de los nuevos comisarios llegado el momento de nombrarlos?
Consideramos que, además de reunir los requisitos dispuestos en el Reglamento de Carreras, un comisario debe ser una persona minuciosa en la observación, estudiosa y entendida en las reglas, enterada del día a día del estado de los caballos, las cualidades y mañas de los jinetes, además de poseer el carácter para plantarse ante los caprichos de algunos dueños y entrenadores de purasangres que se creen dioses y piensan que lo merecen todo.
Pero no solo se trata de cambiar personas. También hay que ir pensando en hacer algunas revisiones al Reglamento de Carreras con el concurso de personas idóneas, con una mentalidad más acorde con nuestros tiempos y que no estén anclados en el pasado.
No olvidemos que desde el punto de vista reglamentario la actividad hípica se sostiene sobre un trípode compuesto por los reglamentos de Carrera, Cotejamienmto y el de Apuestas. La revisión y ajuste de los mismos no puede esperar más. Todos necesitan, a estas alturas del juego, una adecuación que permita que la actividad hípica tome un nuevo aire.
Que necesitamos nuevos comisarios, es cierto. Que en la Comisión Nacional de Carreras se den renovaciones propias del relevo político, así como en otros ámbitos del engranaje administrativo, lo entendemos y es hasta natural, pero a veces no se trata tanto de cambiar a las personas sino de dotar a las instituciones de las herramientas prácticas y legales que les permitan llevar adelante las transformaciones que permitan que la hípica trascienda los tiempos pasados y se monte en la realidad del nuevo mundo.