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Viejo el viento


“Mi oficio y mi arte es vivir”, Montaigne

Sin cosa mejor que hacer, Tito Piedra se la pasa puyándome para iniciar una buena discusión.

Ahora anda con la vaina de la vejez. Me dice con saña barata: «Te estás poniendo viejo, Neco. En un par de meses cumplirás ochenta y no van a caber las velas en el pastel». Y, claro está, de inmediato le contesto: «Cuatro meses después tú también llegarás a los ochenta y tal vez entonces ni te acuerdes de contar tantos números».

 

Lo que de verdad me da cierta rabiecilla con Tito, es que el condenado parece quince años menor que yo. Seguramente se mantiene fresco por su carácter de jodedor impenitente y la indiferencia socrática hacia las noticias, el honor y los zapatos nuevos.

Hace poco me dijo en plan de confesión: «Estoy contento con mi edad. De ninguna manera qulsiera ser joven en este tiempo. Me daría pereza y temor madurar en este nuevo mundo tan violento, tan entregado a la coima, al salve, la amenaza, la turbiedad, la chabacanería, los fanatismos y la mordida. Claro que estas cosas ya existían en nuestros tiempos pero no eran tan crónicas ni tan populares. Desde que llegué a los cincuenta me di cuenta de cómo sacarle el jugo a la vida: rebelión espiritual y paciencia con mi cuerpo; desde entonces, aspiro los días y duermo las noches; así se me fueron sin sentirlos los sesenta y los setentas, paseando en un carrusel de recuerdos, abrazos y reflexiones que es lo que llamo vivir a plenitud. Así pienso seguir en los ochentas. ¿Que soy un viejo? Sí, pero como el viento, que sopla despeinando cabelleras, levantando faldas, enfriando sopas e hinchando velas para mover ligeras y jóvenes balandras; además de solemnes y arboladas fragatas. El viento es libre. Nosotros somos libres, Neco, sin horarios, sin jefes, sin tarjetas que marcar, ni buses que esperar. Creo que nos tocó el mejor de los mundos posibles, y no al estilo del cándido Panglós o del solemne Leibniz, sino a la medida de Voltaire y Woody Allen. Pónme atención, paciero, que no te voy a durar toda la vida.

Llegamos al super, él seguiría de largo, yo compraría una rosca. Intentando borrarle la sonrisa le espeté: «Pero ya cojeas» Y me contestó sin mirarme: «Porque cojo»

 

Y se alejó bamboleándose como viejo marinero, sin dejar de mirar a las bellas señoras que salían del Riba Smith de Punta Pacífica.


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792561
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América