Soy un grillo común y corriente. Mido como pulgada y media, tengo seis patas y me tienen clasificado en la rama de los coleópteros, los científicos me llaman Acheta domésticus, pero la "pópulis" me llama simplemente grillo. Soy un insecto sin complicaciones y sin grandes aspiraciones; ni tengo descendencia ni conozco el amor. Dejo transcurrir mi existencia al mejor estilo "laissez faire". He vivido en París toda mi vida y soy feliz en esta ciudad de la música. Sí, de la música, en todas las esquinas alguien ejecuta un instrumento. Eso es lo único que envidio, la variada cantidad de notas del violín; con todo el talento que llevo dentro solo puedo interpretar el cri-cri, cri-cri que produce el roce de mis alas y mis extremidades.
Vivo en el apartamento de un violinista de tercera. Su nombre es Fritz Benjamín y aunque tiene gran disposición para el ensayo, es lo único que tiene, porque hay que estar ebrio para disfrutar sus asonancias y disonancias. Ha tratado durante toda su vida de ingresar a la Filarmónica de París, pero siempre con resultados negativos, ya que es más claro que la luz del sol y solo desconocido por él mismo, el hecho de que para un oído educado, su interpretación del violín cae como una piedra en el ojo, a diferencia de su novia, una hermosa parisina que toca el chelo en la compañía a la que no ha logrado entrar mi desventurado arrendatario.
Siempre duermo detrás de una antigua estatuilla de Apolo que Fritz Benjamín conserva como recuerdo de un viaje a Grecia, traída quizás por ser Apolo el Dios griego de la música, la medicina y la poesía, dulce cultivador de las bellas artes y feroz defensor de las musas del intelecto humano.
Una noche me dormí interpretando mi siempre ruidoso cri-cri, cri-cri y soñé que ejecutaba majestuosamente el violín en las tablas de un grandioso teatro y cuando desperté, estaba dentro del cuerpo de Fritz Benjamín, no de una forma física, sino que yo era Fritz Benjamín. De alguna misteriosa forma y por capricho de Apolo me convertí en un ser humano. Salté de la cama y tomé en mis manos el violín de Fritz Benjamín e hice que sus cuerdas vibraran con la inspiración de Beethoven y de Chopin, que marcharan con los ritmos de Handel y Mendelssohn y que lloraran con las composiciones de Mozart y Vivaldi. Estaba confundido, pero con gran curiosidad di vueltas a la estatuilla de Apolo y me vi allí detrás, era yo, un grillo color café, pero en la mirada de esos ojos pude reconocer a Fritz Benjamín, quien frotaba las extremidades y producía un ruido hartamente conocido por mi: cri-cri, cri-cri.
Salí despavorido saltando por las calles de París. Oyendo, oliendo, tocando, viendo, gustando, sintiendo; tratando de disfrutar ese momento y seguro de que esa noche cuando el sueño cayera sobre mí, tendría que devolver este cuerpo a su verdadero dueño.
Así llegué a las puertas de la ?"pera, con su imponente cúpula verde y las siete estatuas que representan las bellas artes custodiando sus puertas. Al entrar, estaba ella, sola en el centro del escenario, esa hermosa parisina que amaba a Fritz Benjamín y que nunca, a mi parecer, había recibido las atenciones que se merece una mujer como ella. Permanecí quieto tras la cortina de las plateas mientras ella interpretaba en su chelo un solo de Vivaldi que me estremeció hasta los huesos, cuando terminó, subí de un salto al escenario donde le arrebaté la calma con un beso francés.
Esa noche la llevé a la cama del pequeño estudio en los suburbios de la ciudad de las luces, donde le hice el amor al mejor estilo parisino, luego, exhausto, apoyé la cabeza sobre la almohada consumido por el placer y el cansancio, pidiéndole a Apolo nunca más salir de este cuerpo, mientras resonaban en mis oídos las notas de Fritz Benjamín, con su vieja y conocida interpretación cri-cri, cri-cri.