Revoluciones a mí, qué va, hombre, en la única revolución que yo creo es en la que da la Tierra cada veinticuatro horas sobre su eje y una vez al año alrededor del sol. Y con todo, te diré que a veces hasta de ella me hace dudar mi memoria bataclana porque, sin darme cuenta, echo al canasto del olvido días, meses y años. Como si el mundo nunca hubiese dado aquellas vueltas. Rapa ut lónciva gomicon. ¿Cómo, qué dije? Para no volver loco a mi amigo Tito Piedra, aclaro que esa frase está en revesina y quiere decir “para tu vacilón conmigo”. Es advertencia a mí mismo: deja las revoluciones a un lado.
¿Qué le han traído al hombre las revoluciones en el suspiro de un milenio? (iba a preguntar qué le han traído al mundo, pero al mundo las revoluciones no le hacen ni cosquillas en las pestañas, le importa un pito las tonterías que hagamos) ¿Revoluciones? Ninguna vale la pena repetirla.
La más famosa de las revoluciones fue la Francesa. ¿Qué fue de ella? Unos 40 mil guillotinados y una bellísima declaración de los Derechos del hombre (¿y qué con los de la mujer?), inspirada en esa otra Revolución americana que 15 años antes dejó una ornamental Declaración de Derechos. La Francesa murió cuando dio a luz al primero de los Napoleones. La Americana nos dejó un inigualable y difícil de cumplir III Derecho: “Que el Gobierno es, o debe ser, creado para el común beneficio, protección y seguridad del pueblo, nación o comunidad; que de los diversos modos o formas de gobierno, la mejor es aquella que sea capaz de generar el mayor grado de felicidad y seguridad así como de protegerse efectivamente frente al peligro de la mala administración; y que, cuando se considere que un gobierno es inadecuado o contrario a estos objetivos, una mayoría de la comunidad tendrá un indiscutible, inalienable e imprescriptible derecho a reformarlo, cambiarlo o abolirlo, en la manera que se juzgue más conveniente para el bien público”.
¿Y qué de la revolución bolchevique que me deslumbró cuando yo era un macalacachimba, filimicupisti, vilipendioso y nefelibato? Un sobrecogedor cementerio político y el primer hombre orbitando la Tierra.
Vaya, chico… ¿y qué me cuentas de la cubana? Nada, paciero, entre los escombros de la patria sólo destellan las barbas de Fidel.
Daré una vuelta carnera y exclamaré: ¡Viva mi revolución!