Ya en otras ocasiones he escrito sobre este tema, siempre pendiente sobre quienes rondamos por los distritos del oficio; vuelvo a tocarlo a raíz de la lectura del libro “Vida y obra del poeta Demetrio Herrera Sevillano” (Editorial Portobelo, 2003), del escritor y docente Juan Antonio Gómez (David, 1956).
El texto, de 118 páginas, incluye una recreación teatral de la vida del poeta y un análisis de su obra. (Presencié la puesta en escena de tal recreación en uno de los salones de la Universidad de Panamá; allí constaté que trata de apegarse en lo posible a hechos históricos, constituyendo un importante documento con obvio valor didáctico). Este libro, siendo proyecto, le valió a Gómez una de las becas que bajo el nombre del poeta Pedro Correa Vásquez (1955-1996) otorgó el INAC en el 2002.
La vida de los poetas suele ser motivo de novelas. No se trata solo de Herrera Sevillano (1902-1950), cuyos versos están permeados por la realidad cercana (“Zonzos de calor y noche/ pasan cuartos, cuartos…”), o por un reproche, íntimo y justificado (“Paisano mío panameño,/ tú siempre respondes sí…). En general, hay algo de absurdo entre los soles que emanan de muchos poemas y la lluvia que no escampa en la vida de tantos vates a lo largo de la historia (considero, eso sí, que este panorama ha cambiado en los últimos años: nuestros poetas ahora caminan por sendas que, en la mayoría de los casos, les ahorran tales peripecias). Es que, si bien se puede vivir por la literatura, es difícil vivir de la literatura.
Bohemio, loco, pobre, son adjetivos que, en ese orden, han adornado al sustantivo “poeta”. Bajo el sol de hoy, todavía hay quienes asocian el oficio de escribir con una especie de excentricidad, una labor de ermitaños, de cofrades de alguna secta, de gentes sin mejor cosa que hacer. La propia literatura refuerza esta noción; así pues, el padre de Garcín, protagonista del cuento “El pájaro azul”, de Rubén Darío, recrimina a éste por sus anhelos de ser poeta, en lugar de despachador de telas como él, y le manda un mensaje: “Ven a llevar los libros de mi almacén, y cuando hayas quemado, gandul, tus manuscritos de tonterías, tendrás mi dinero”.
Hay mucha tela por cortar en este tema, pero dejémoslo para el otro domingo. Salud!
Distínguete como panameño; lee a los autores nacionales.