Inicié una serie de reflexiones el domingo pasado, acerca del modo en el que los poetas han afrontado escollos a la hora de vivir de un trabajo por el cual viven, motivado por la lectura del libro “Vida y obra del poeta Demetrio Herrera Sevillano” (Editorial Portobelo, 2003), del escritor y docente Juan Antonio Gómez.
Pablo Neruda tiene entre sus odas una dedicada a la eterna compañera del poeta, la pobreza, y entre sus versos le canta y le reclama así: “Cuando nací/, pobreza, /me seguiste, /me mirabas/ a través/ de las tablas podridas /por el profundo invierno[…] /Allí estabas/ buscándome, /siguiéndome, /desde mi nacimiento/ por las calles.”
Para el poeta español Ángel González (académico de la lengua, Premio Príncipe de Asturias 1985) esta condición no es contraria a la norma, y nos dice: “Normalmente un buen poeta, incluso un poeta excelente, no puede vivir de la poesía…” Por su parte, el escritor argentino Ernesto Sábato, alega que la situación de pobreza es casi un refuerzo para la palabra del bardo: “El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”.
La historia está llena de ejemplos de poetas acosados por la pobreza o inmersos en vicios y escándalos, pese a sus altas dotes intelectuales. Nuestro Miguel de Cervantes Saavedra vivió siempre perseguido por las deudas, las que le costaron más de una pena de cárcel; Edgar Allan Poe, fue levantado de la calle, frente a una taberna de Baltimore, un 3 de octubre de 1849, para morir cuatro días más tarde, agostado por los efectos de una vida disipada y contradictoria; Juan Rulfo contestaba a quienes le preguntaban por qué no dejaba su oficio de burócrata para darle más tiempo a la literatura, arguyendo que sus hijos tenían la costumbre de comer tres veces al día y de gastar zapatos; mientras que el mexicano Xavier Velasco, al saberse ganador de los 175 mil dólares del premio Alfaguara 2003, se alegró porque con esa suma podría pagar al casero su renta largamente atrasada y dedicarse sólo a la literatura.
Y en Panamá, ¿ha sido diferente? Este es un tema que revisaremos el otro domingo. Brindemos antes por los padres de Panamá en su día, por los que están y los que se han ido, y en especial hagámoslo por los que leen esta columna. Bendiciones.
Distínguete como panameño; lee a los autores nacionales.