Lo que son los libros! Una lectura es como un aroma perdido y encontrado, que con sus efluvios desata recuerdos que creíamos agotados para siempre. A partir del libro “Vida y obra del poeta Demetrio Herrera Sevillano”, de Juan Antonio Gómez, nos hemos ocupado estos últimos domingos sobre los poetas que han cantado sus versos al pie de las agrestes colinas de la miseria; hoy llegamos a los del patio.
El caso de nuestros poetas no está entre los extremos; no obstante, apuntaba Rodrigo Miró, “casi todos han sido reclutados entre las clases media y popular”. Los hubo bohemios, o quienes invirtieron así parte de sus años mozos, como J. Darío Jaén, significativo autor del primer cuarto de siglo, a quien Miró describe como “perenne inquilino de casa de pensión… hipnotista, actor, prestidigitador”, o recordar estos versos de César Young: “quiero los poemas que beben ron y se emborrachan…/ ¡Vivan los borrachos!/ ¡Vivan los poemas que caminan sin zapatos por las calles!”.
Por otro lado, los literatos de la República aparecían nimbados por la prestancia política que les dio de inmediato una voz en la nación que se estrenaba, y no es raro ver entre ellos a los primeros secretarios y diplomáticos que representarían al país (Ricardo Miró, Guillermo Andreve, Darío Herrera…) En una columna anterior hablábamos de la sorpresa de Vicente Blasco Ibáñez ante los poetas que administraban la nación en la década de 1920.
Digamos que mediante su trabajo los escritores subvencionaban el tiempo dedicado al oficio de escribir. Algunos de ellos no accedieron a remuneraciones suficientes para comprar tiempo ni para paliar las nubes de la pobreza: Gaspar Octavio Hernández, a quien Domingo H. Turner recuerda niño y desnudo, en el ocaso del siglo XIX, en la escuela de Santa Ana, debió dedicarse desde temprano a labores de amanuense y de periodista, a cambio de exiguos ingresos.
Incluso, uno de sus empleadores de Hernández reconoció haberlo recriminado por “perder lastimosamente el tiempo” esbozando poemas inútiles que no aseguraban ganancias. Herrera Sevillano, protagonista del libro de Gómez, murió joven, después de haber peleado contra la boca sombría de los zaguanes y su silbato funeral y tísico. “Pequeño dios” lo llamó Rogelio Sinán, en el Panamá América del 10 de octubre de 1950, al conocer su deceso; lo rememoró “fiscalizando de suburbio en suburbio, por calles, muelles, patios y oscuros pasadizos…” (Continuará)
Distínguete como panameño; lee a los autores nacionales.