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Volar

“Yo no escribo para matar el tiempo / ni para revivirlo / escribo para que me viva y reviva” Octavio Paz


Como se escribe en casa, en chancletas, con los pelos desgreñados, tal vez de tanto levantarlos con los dedos para que las ideas salgan en estampida sin peligro de quedar enredadas en sus rojas crines de alazana. Así imagino a esta Silvia Fernández, que también es Dilbia, y también una abeja sedienta que se mira en el espejo de una gota, y un rugido de león añorando selvas y gacelas, y también una partitura para ser dirigida por un niño en un Concierto Estelar.

La delgadez de esta columna sólo me alcanza para describir a la escritora y para dejar en blanco y negro las sensaciones que me dejó “Volar”, su libro de cuentos. Ella vuela en el circo. Me gustaría trabajar allí. Ser cualquier cosa, el limpiador de los elefantes (lo haría al estilo Cantinflas), el trompeta, el acomodador o el iluminador, cualquier cosa menos el boletero porque se queda fuera del espectáculo.

Pelo rojizo de castellana indómita; ojos de aceituna diluídos en mezcal, cualquiera diría de tapatía, pero no se equivoque, ella es del Distrito Federal. Un ignoto poder colectivo le concede el garbo de las veracruzanas, la elegancia de una dama antañona y la gracia literaria de sus paisanas Mastretta y Poniatowska. No exagero, lo tiene. En su cuento Una muñeca para Mercedita, una mujer flota herida en el río que separa México de USA, agonizando piensa: «…ya no tengo miedo. Me siento ligera como el viento. Flotando en los reflejos sobre el agua veo mis antiguas vivencias… cardúmenes de recuerdos en movimientos perpetuos se confunden con los sueños… tal vez son lo mismo…»

 

Los soplos de misticismo y sensualidad en Silvia son como los de Juana Inés de la Cruz, que tanto sabía de las argucias y maromas del amor: «Si al imán de tus gracias, atractivo,? / sirve mi pecho de obediente acero,? / ¿para qué me enamoras lisonjero? / si has de burlarme luego fugitivo?» El trapecista del cuento “Volar” (también domador y charro cantante) no gasta ni dulces palabras ni románticas canciones para seducir a Mayra. Ella sólo quería volar y él la puso a volar. No por paisano ni buena gente aquel redomado trapecista dejaría de ser el burlador del poema de Juana. Mayra lo sabía, si no, sería hueca su frase: “somos un solo cuerpo luminoso y aún así la gravedad nos atrae”.

¡Vaya libro, pequeño, volátil y delicioso!


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462493
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América