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Voluntariado Corporativo y la Asabiyah: una forma de ser solidarios (2)


En cuarto lugar, como su propio nombre lo indica, el voluntariado corporativo debe ser "voluntario", es decir, debe venir del colaborador: no puede ser impuesto. Si es impuesto, no es voluntario. Cuando el trabajador hace trabajo voluntario de verdad, se tienen niveles de motivación y compromiso en el puesto de trabajo muy notorios. La voluntariedad del empleado (y del empleador también), ha de partir de la atención de las necesidades de los demás, y del compromiso personal de atenderlas con nuestros talentos, que en realidad no son del hombre, sino de Dios. Somos todos siervos de Dios, y nuestros talentos hemos de reconocerlos como nuestros instrumentos de servicio.
En quinto lugar, para la mayor efectividad de un programa de voluntariado corporativo, ha de conocerse bien "el lenguaje y la cultura de las organizaciones de la sociedad civil que participan del entorno social de la empresa. A la vez, con estos puentes tendidos se hace más fácil que la sociedad comprenda la cultura empresarial y reconozca la empresa como un legítimo agente del desarrollo y del bienestar de la comunidad. Así se rompe el paradigma de que el mayor objetivo social de una empresa es la generación de riqueza para sí misma. En este contexto, una meta social de la empresa debería ser educar a la comunidad, informándole que la generación de riqueza es un medio para lograr los objetivos de servicio, realización personal y colectiva y permanencia de la empresa en el tiempo." (Centro Empresarial de Inversión Social, Panamá, 2003).
En sexto lugar, se debe evitar que un programa de voluntariado corporativo en una empresa sea "más de lo mismo", como para cumplir con la moda; por el contrario, debemos procurar que el mismo se distinga por su creatividad e innovación, por romper esquemas. En tal sentido, el programa ha de ser suficientemente flexible y permitir su evolución positiva, en función del crecimiento, mejoramiento de la empresa, sus empleados y el entorno dentro del cual opera.
Estamos hablando de individuos con conciencia social pero, más que eso, estamos hablando de seres humanos, empresarios y empleados, verdaderos cruzados de una auténtica conciencia social en función de su condición de empresarios y empleados en una empresa.
Por más fuerte que parezca, para una empresa la necesidad o urgencia de promover auténticamente el voluntariado corporativo jamás debe confundirse como caridad, y tal promoción jamás ha de estar motivada en maquillar empresas que parezcan ser éticas por aquello de la buena imagen corporativa.
Examinemos el contexto histórico, con un profundo sentido humanista:
La tribu primigenia producía y compartía todo, territorio, bienes, la caza, la cosecha. Fue empática por necesidad histórica en un ambiente donde la propiedad privada no existía. Los seres humanos de entonces, o eran uno para el otro, o simplemente quedaban a merced de los peligros del entorno. La fortaleza de un individuo radicaba en la asociación y la cooperación. Entonces, apenas empezaba a esbozarse lo que conocemos hoy como la especialización del trabajo. Si bien los individuos emprendían las tareas sobre la base de cualidades innatas, como ciertas destrezas, la tribu primigenia vivía en cooperación.
La evolución social, impulsada cada vez más por descubrimientos y hallazgos tecnológicos, que potenciaba la capacidad de la especie humana de modificar el medio, produjo las primeras especializaciones en el trabajo, apoyadas en la capacidad de aprendizaje y la transmisión de cultura.
La aparición del dinero desplazó al trueque y el valor de uso aplicado en la vida cotidiana, produjo el valor de cambio. Las máquinas desbordaron la capacidad artesanal y con ello la primera acumulación de riquezas en unos propietarios que supieron competir. Emergió así una sociedad más desigual que concentraba lo mejor de su producto para unos, pero que no distribuía para las mayorías quienes estaban en la base de la estratificación. Una que hizo a la gente muy competitiva, que hizo cierta la advertencia de Darwin en lo biológico, la supervivencia del más apto, y que está en la base del individualismo que hoy impera.
Frente a la crudeza de este individualismo, y la brecha ofensiva entre la riqueza y la pobreza, la sociedad humana de hoy empieza a preguntarse sobre la legitimidad de este fenómeno social. Existe la certeza de que la humanidad no podrá enfrentar la inequidad con tareas de beneficencia, sino con la práctica de la solidaridad, precepto sin el cual no es posible el voluntariado corporativo.
Sentir como el otro, no es suficiente; como tampoco es suficiente compartir lo que se tiene o dedicar parte del ocio a cumplir tareas de ayuda social. Se trata, realmente, de la recuperación de la conducta social perdida en la larga evolución de la especie humana.
Si estamos de acuerdo con lo dicho atrás, podemos entonces elevar la barra y atrevernos a ir un paso más allá. Un paso atrevido, de esos que rompen paradigmas en lo mundano, pero no por ello un paso no encaminado por el sendero de lo justo.
Si bien es cierto que el voluntariado corporativo palía el sufrimiento inmediato, no está atacando las causas estructurales de la inequidad y la pobreza extrema. El poder para cambiar la sociedad no se nos presentará por simplemente nuestras buenas intenciones. Debemos construirlo. Entonces, tenemos la responsabilidad de revisar nuestra actuación política en la que venimos funcionando sólo como electores y no demasiado como sujetos de cambio.
Muchos tenemos profundas críticas hacia una política repartidora de favores y con los políticos corruptos y que perpetúan la inequidad. Desde la pureza del liderazgo ético, vemos la política como algo demasiado sucio. Entonces, a la luz de estas reflexiones, tenemos el deber de cambiar ese juego y buscar escalar posiciones de forma ética, o por lo menos respaldar a quienes así lo hagan. Y en realidad debemos entender que todos somos "políticos", en el sentido que tiene la palabra de acción transformadora.


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276204
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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