Canta Rubén Blades “Todos vuelven”, el célebre bolero peruano en tiempo de salsa y a mí me tocó ya la hora de volver, de volver a irme de mi tierra y de mi gente. Las mujeres de mi vida, que me acompañaron en este viaje, vuelven a Madrid con la retina marcada por la luz del cielo panameño y el alma bañada por la hospitalidad y el cariño de la familia y de los amigos.
Faltó tiempo para ver a todos pero las niñas pusieron cara a los personajes de las historias de mi infancia, a las voces por teléfono, a los primos y tíos que solo era un recuerdo hasta hace unas semanas. Los viejos amigos se encarnaron en complicidad y la fiesta se puso de gala y salió a cantarnos con labios de vino y jazz y bolero.

La literatura, ya lo he dicho, me ha dado lo mejor a lo que se puede aspirar: amigos. Fue maravilloso sentarnos a cenar o almorzar o desayunar y conspirar. Los buenos cómplices, ellos lo saben, nos hemos pasado un buen rato riendo y hablando de libros, de letras y de nostalgia. Nos hemos reciclado mutuamente y la perspectiva de futuro literario se despeja. Somos una literatura con muchas ganas de ser y estamos siendo.
Y la familia. La familia demuestra siempre que pase lo que pase, vayas donde vayas, siempre está presente y viva. Amor y control. Las distancias las ponen la necedad y el descuido pero el amor cubre todas las faltas. Menos mal que las familias infelices, las comunes, las de del barrio, como dice Tolstoi, lo son cada una a su manera de tal forma que podamos superarnos de un modo particular y efectivo. Y la familia es una bendición, no es una suerte.
Hay tanto por hacer, tanto por sacar adelante que en cada conversación lo que he sentido es la convicción de que es éste nuestro tiempo, que es hoy nuestro momento. Vuelvo entusiasmado a Madrid para decirles a todos por acá que estamos haciendo grandes cosas y que lo que viene va a dar de qué hablar. Los que nos quieren están con el entusiasmo a flor de piel para poner las manos en el arado y sembrar con nosotros las oportunidades que necesitamos como literatura. Gracias por conspirar conmigo.
Y libros. Me llevo un pocotón de ellos, firmados por amigos. Me faltaron algunos y otros los compré. Qué estimulante ver el momento estético en el que nos encontramos. Hay mucho que leer, queda mucho que escribir. Pero los escritores no cesan, siguen con pulso firme haciendo patria y camino al escribir.
Todos vuelven, y Madrid recién amanecido es un reclamo. El avión toca suelo español y en la retina está mi mamá, mis hermanos, las tías y primos y amigos y tíos y cómplices, y el ceviche, el bon que no me comí, mis profesoras que saludé, las dificultades que superaremos juntos, Taboga que no visité, mi tierra, mi esposa, mi gente, mis hijas, su gente.
“Salida”, pone un cartel. Entrada, más bien, porque salir de un aeropuerto es entrar, parajodas de Cabrera Infante, cuando salgo entro y me quedo atrapado y la vida sigue y yo recuerdo Panamá, que se parece al título de una novela que me queda por leer y la cabanga y la nostalgia están en el aire del alma y del recuerdo.