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Volver a la cátedra

Pedir justicia, llamar a las cosas por su nombre, es asegurarnos de que nadie más, en nombre de nuestro olvido, nos vuelva a tratar de la misma manera.


Un día, le quité a mi hermano la silla donde se iba a sentar. La típica broma de niños terminó en unas risas que mi mamá clausuró con una reprimenda y una anécdota de su juventud. En una fiesta, unos amigos le hicieron la misma broma a otro muchacho. Se cayó sentado y nunca pudo volver a ponerse de pie por sí mismo: se dañó la columna. Me quedé mudo, como siempre que lo recuerdo. Te quitan la silla y no te vuelves a levantar.

Como a mi hermano, a traición y muy en serio, nos han quitado en nuestro país una cátedra, que no es otra cosa que una silla en griego: la Cátedra de Relaciones de Panamá con los Estados Unidos. Al suelo, pum, con la grave posibilidad de que no nos volvamos a levantar por nuestros propios medios. Los entusiastas de la ignorancia que firmaron la ley que nos quitó la cátedra, deben ser considerados el gobierno más ignorante y dañino de los últimos años. No tienen ningún argumento intelectual o moral válido para semejante atropello a la inteligencia y a la memoria de los panameños.

El argumento más perverso que he escuchado contra la Cátedra, es que comunica a las nuevas generaciones un sentimiento de animadversión contra los estadounidenses. Creen algunos de sus detractores que, abundando en el conocimiento de cómo han sido nuestras relaciones con aquel país, terminaremos por odiarlos: no hay nada más humillante y poco ético que esto.

Recordar es obligarnos a no volver a caer en los mismos errores. Pedir justicia, llamar a las cosas por su nombre, es asegurarnos de que nadie más, en nombre de nuestro olvido, nos vuelva a tratar de la misma manera. Estudiar nuestro pasado es mirar a los ojos de la política que nos endosó tanto dolor y se cobró tantas vidas, para decirle que nunca más nos volveremos someter a semejante barbaridad. No es rencor, señoras y señores, es justicia.

No queremos ni millones, ni limosnas, queremos ser tratados justamente, y queremos que se nos recuerde justamente. Si no recordamos nosotros, otros nos recordarán como los cómplices necesarios de nuestra propia esclavización. No hay rencor alguno en invocar los hechos del pasado, es el derecho de los que padecieron el agravio recordar, sin el más mínimo revanchismo en la mirada, qué fue lo que les pasó.

Hace unos días un grupo de intelectuales se sentó a hablar de este tema de la Cátedra (sí, con la mayúscula de las grandes ocasiones). Una excelente iniciativa, una necesidad social, un paso al frente de parte de aquellos que pueden “sentar cátedra”, que pueden hablar con conocimiento del tema y de la necesidad de que se siga estudiando y debatiendo sobre él. Recordar no es invocar fantasmas de rencillas y venganzas, es evitarnos un futuro oscuramente parecido a un pasado que no queremos olvidar para que no se repita.

Yo espero que esta nuevo Gobierno (a ver si se merecen la mayúscula) vuelva a la Cátedra. Alguien tiene que poner, detrás de nuestra sociedad una silla para desde allí enseñar a las futuras generaciones, no solo la valentía de los héroes nacionales y la dignidad de un pueblo, sino también como se negocia con los grandes estados, como hay que hablarles de tú a tú a las grandes potencias y cómo, siguiendo un objetivo, se pueden alcanzar grandes realidades.

Si no hay silla, si no hay Cátedra, caeremos al suelo, y la anécdota que mi mamá me contó pasará a ser nuestra realidad: la columna vertebral de una Nación, su Historia, se verá fracturada y no volveremos a levantarnos por nuestros propios medios. Vendrán otros a inventarnos una historia en la que siempre fuimos sus esclavos y les debemos todo. Nos someterán porque muchos creerán que aquí las cosas fueron como dicen ellos y no como ocurrieron. Y esa fractura es casi irreversible. Solo un milagro, el de la lectura y el estudio podrán rescatarnos del olvido que estamos siendo.


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946534
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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