Miren ustedes qué poética empiezo yo hoy esta columna. Más que nada porque eso es lo que me viene a la mente cuando empiezan con el mismo soniquete de todos los años por estas fechas. En este país hay temas que se reiteran puntualmente y sin fallar ni una vez. Cuando se acerca el 31 de octubre vuelve la fanaticada a meterse en camisas de once varas y tal cual caballeros de flaca figura con lanza en ristre, se enfrentan con los molinos de viento. No he escrito antes porque quería ver adonde llegaba este año la propuesta que, una vez más, hizo un iluminado en la Asamblea para prohibir celebrar Halloween en las escuelas. Como al parecer, una vez más el proyecto prohibitivo ha quedado en agua de borrajas, pues ahora es el momento de comentar la necedad reiterativa.
Halloween es una fiesta foránea. Es una fiesta diabólica. En ella se celebra todo lo malo. ¡Piensen en los niños! ¿Qué valores le estamos inculcando a la juventud? Blá blá blá. Me hace mucha gracia oír a algunos diputados despotricar contra la celebración en nombre de Dios. No puedo evitar un escalofrío. El mismo que me acomete siempre que alguien se autoproclama vocero de la divinidad. ¿No podríamos decirle al de arriba que emitiera un certificado, sellado y rubricado, para estar seguros de quien efectivamente habla en su nombre y quien simplemente es un fantoche que toma el nombre de Dios en vano?
Seamos serios, Halloween es una fiesta extranjera, como la Navidad, el Corpus y la Semana Santa. Podríamos abogar por que la balsería se convirtiera en fiesta nacional, pero imagino que la ingesta de alcohol también sería rechazada por los honorables, ¿verdad? ¿Entonces? ¡Ah! lo que les molesta es que se adora al demonio porque los niños se disfrazan de cosas que a los ‘disputados’ no les caben en la cabeza. Vamos a tranquilizarlos entonces, no se preocupen señores, que los disfraces son solo eso, disfraces imaginados, porque ni las brujas son viejas narizonas con una verruga en la nariz ni los demonios son rojos y tienen un simpático rabito acabado en punta. Duerman tranquilos, con esos disfraces no se invoca a potencias infernales. Al demonio lo invocan todos los días, y muy cerca de sus curules, los que roban, los que prevarican, los que mienten, los que engañan, los que pecan de soberbia, de ira, de pereza y de gula comiendo rosquitas en el trabajo (de la lujuria no hablo porque no me consta…todavía). No necesitamos una noche en especial, ni disfrazar a los niños de zombies para saber que el Diablo campa a sus anchas por los predios de los organismos oficiales en este país. Así que dejen sus clamores y pasen de nosotros y nuestras fiestas. El pueblo celebra lo que quiere y como quiere. Las fiestas son necesarias para poder olvidarnos por un ratito de las tonterías que ustedes hacen el resto de los 365 días del año.
El mal no necesita una noche loca para acercarse a nosotros y la mayor parte de lo que ustedes consideran propio también fue foráneo en algún momento de la historia. Las tradiciones cambian y evolucionan. Los únicos que parecen haberse quedado en el tiempo y el espacio son ustedes y sus absurdas discusiones bizantinas.
Lo peor es que a mi, el verlos discutir estas estupideces siempre me ha dejado un regusto como a que están tratando de perder el tiempo y distraernos de otros temas que son de verdad importantes. Quizás es que soy muy suspicaz. Sí, debe ser eso. Soy muy suspicaz.